Aterricemos

Publicado en La Nación el 19 mayo, 2003
Categoría: Artículos
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La reunión se ha iniciado hace media hora, estamos todavía en la fase en que van surgiendo ideas, todavía no se vislumbra un acuerdo y de pronto alguien exclama “¡Bueno, bueno, aterricemos!”. ¿Es esa llamada saludable para el trabajo que se está haciendo?

Hay que tratar el tiempo propio y el ajeno con responsabilidad. No solo el tiempo laboral sino todo el tiempo, hasta el que empleamos en pasa-tiempos. Hay pasatiempos que nos construyen y otros nos disipan.Pero no siempre la prisa es una actitud responsable ante el tiempo. Cuando un asunto requiere reflexión y reposo, economizar tiempo podría ser contraproducente. Los informes que había que ir haciendo en una hora cada semana, no se deben hacer apresuradamente a fin de mes la víspera de la fecha en que tenemos la obligación de entregarlos. Desde luego tampoco se hace uso responsable del tiempo cuando damos vueltas y vueltas alrededor de un asunto sin voluntad de concluir y muchas veces sin habernos preguntado qué es lo que buscamos, o qué es lo que queremos lograr con ese ejercicio. Entonces sí que la exhortación a aterrizar vendría a ser una saludable llamada de atención.

Hay asuntos que por su naturaleza requieren de rumia más que de deglución apresurada. Si estamos decidiendo de qué color pintar las oficinas, no es lo mismo que si estamos seleccionando un terreno al cual se piensa trasladar las instalaciones. Si estamos pensando en un lema para la empresa o en el diseño de las etiquetas, conviene dedicar más tiempo que si estamos escogiendo al proveedor de bolígrafos.

Hay que distinguir entre los asuntos que requieren una solución y para los cuales ya se cuenta con todos los hechos y los asuntos que requieren elaborar una posición la cual se podría enriquecer con criterios, aspiraciones y razonamientos éticos. Hay decisiones difíciles pero para las cuales ya se cuenta con todos los hechos. Establecer o no una alianza estratégica o remover al gerente de mercadeo, pueden ser decisiones difíciles, pero para las cuales ya se sabe todo lo que hay que saber. Son las decisiones que tienden a posponerse, queremos consultarlas con la almohada, pero no es necesario reunirse horas interminables a hablar del asunto. En cambio otras, como por ejemplo definir los detalles de la alianza, requieren de muchas horas en las cuales el tema se mantenga abierto para que las personas con mayor conocimiento puedan ir produciendo ideas, viendo ángulos que no se ven a primera vista, devolviéndose, rehaciendo el camino. En este caso la prisa de quienes claman por un pronto aterrizaje, podría conducir a soluciones de inferior calidad.

Hay que estar prevenidos para detectarcuándo el clamor de algunos porque se aterrice constituye una huida con respecto a lo abstracto. No todo en la vida de la empresa ni en nuestra vida personal son tuercas y tornillos. No todo puede ser contado y medido. Hay razonamientos abstractos que no se pueden dar a toda velocidad mientras nos comemos el lunch. En muchas decisiones, el valor más importante no está en la conclusión sino en el proceso que se ha seguido. Una decisión casi trivial, puede implicar cuestiones éticas de importancia o puede dar lugar a la revisión de políticas, abstractas como todas las cuestiones éticas y políticas, pero importantes como guía para futuras decisiones.

Se dice de algunos tomadores de decisiones que “disparan desde la cadera”, en alusión a las películas de vaqueros en las que el protagonista hacía fuego con gran velocidad casi en cuanto ponía la mano en la cartuchera. Ese paradigma sobre los ejecutivos, es contraproducente. La agilidad para tomar decisiones es una virtud, pero lo que se exige de una decisión es que sea completa, que tome en cuenta todos los elementosrelevantes. Aterricemos, sí, pero sobre el tren de aterrizaje. No sobre la nariz.

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