Ahora sí que vamos con todo

Publicado en La Nación el 19 agosto, 2002
Categoría: Artículos
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Cuando hablamos de empresarios, pensamos en personas que desarrollan empresas mercantiles. Cuando hablamos de personas emprendedoras, ampliamos el concepto y podemos imaginar tanto personas que emprenden en actividades con fines de lucro como en otras que desarrollan proyectos en temas artísticos, educativos, espirituales, sociales. Así sabemos de personas que organizan a otras para desarrollar un proyecto habitacional conjunto donde residir. O la vecina que organiza a su comunidad para mejorar el servicio de agua potable. O quienes pensaron hace treinta años que la educación a distancia era una opción necesaria. O quienes inician un movimiento cultural en una universidad.

Hay una nota distintiva en todos estos proyectos. Es que se salen de lo rutinario y entonces constituyen una especie de aventura, palabra que en su raíz significa “lo que está por venir”. La rutina nos permite discurrir por las cosas con atención disminuida. El camino conocido, el trabajo repetitivo, el episodio consabido, los vivimos automáticamente, a base de memoria, de reflejos condicionados. En cambiola aventura, el camino hacia lo desconocido,no los podemos vivir de igual manera. Como cuando entramos a una carretera desconocida o cuando el niño en sus andanzas se adentra en un paraje nuevo.

El emprendedor es un aventurero. Su motivación procede más del atractivo de lo nuevo, de lo desafiante del reto, que de la fama, reconocimiento, agradecimiento o rentabilidad que pudiera obtener del proyecto que lo cautiva. He visto iniciar empresas a personas a quienes desde un punto de vista financiero, se les podría argumentar que más les convendría poner su dinero en bonos y vivir tranquilas. Y me ha parecido que ese argumento tropieza con el hecho de que en realidad, no quieren vivir tranquilas. De la misma manera que algunas personas siguen trabajando después de que se retiran, porque consideran que el trabajo no es algo de lo que haya que huir mediante el retiro, los emprendedores sentirían que han perdido el sabor de su vida si dejaran de sentir las emociones propias de la aventura.

Las emociones de la aventura tienen que ver con la apuesta interna que se hacen de que eso que parece difícil, es realizable. Tienen que ver con el temor de que las cosas puedan salir mal y con la satisfacción opuesta de verlas salir bien después del esfuerzo. Posiblemente tengan que ver también con la satisfacción de contradecir a todos los que habían dicho que el proyecto era imposible. O con ver la cara de admiración de todos los desconfiados que pensaron que no coronarían con éxito su empeño. Tal vez tenga que ver con la búsqueda de emociones fuertes. ¿Qué lleva al paracaidista o a quien salta de un puente colgado de una cuerda elástica,a dejar la comodidad del corredor de su casa para aventurarse en un salto riesgoso? Las emociones fuertes del emprendedor van desde lo que se siente cuando de veras parece que hasta aquí llegamos, hasta las angustias que produce el financiamiento de un proyecto, cuando ya se han agotado los fondos propios y las fuentes de crédito. Seguramente haytambién algo de atracción por el azar, lamisma que hace que la gente apueste en la ruleta.

La aventura es una convocatoria a la adrenalina. El stress provocado por la situación desconocida, difícil, desafiante, llama en auxilio del aventurero algo que desde el punto de vista psico-biológico viene a ser el equivalente automovilístico de tener tracción en las cuatro ruedas y potencia duplicada. Es el mismo fenómeno que permite afirmar de quien es nuevo en un puesto que “toda escoba nueva barre bien”: la situación nueva y desafiante hace que saquemos energías no habituales para enfrentar el camino desconocido, y de una cierta forma amenazante, que estamos recorriendo con una mezcla de temor e ilusión.

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