Prisioneros de las etiquetas

Publicado en La Nación el 22 abril, 2002
Categoría: Cambio
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Se abre un nuevo restaurant. Ustedasiste con la mente en blanco y a partir de esa visita se forma una opinión. Si el servicio y la comida son buenos, construye para sí la etiqueta de que ese es un buen restaurant.Un restaurant existente adquiere fama de no ser muy bueno. Usted va a comer ahí y lo atienden mal y le sirven una comida falta de calidad. Usted confirma la etiqueta sin gran dificultad.

Vamos al mismo restaurant que tiene mala imagen y recibimos un servicio admirable lo mismo que la calidad de la comida ¿Cambiamosla etiqueta?No tan rápido. Llegamos ahí con la paja tras la oreja. Eso quiere decir que nos acompañabael conocimiento de que eserestaurant era mediocre. Al recibir un buen servicio, hay una distancia entre lo que sabemos y lo que estamos verificando en ese momento. No nos rendimos tan rápido y más bien buscamos razones para confirmar lo que creíamos previamente o para desconfirmar lo que nuestros ojos –en este caso nuestro paladar- está comprobando en ese momento. Alguno pensará que disfrutó la comida debido a lo grato de la compañía. Otro podría pensar que quizá ese era el día libre del chef habitual. Conjeturas todas que se dirigen a no aceptar la brecha que hemos percibido entre la realidad y la etiqueta que teníamos en nuestra mente. En determinadas circunstanciassomos más fieles a lo que creemos que a lo que percibimos empíricamente, somos más fieles a la creencia que a la realidad. Los prejuicios ylos fanatismos se nutren de esa característica de nuestra forma de percibir las cosas.

Escuché este cuento. Un agricultor de maíz de Guácimo, en los años sesenta, recibió asistencia técnica del Ministerio de Agricultura. Los técnicos le aconsejaban sembrar el maíz siguiendo unos patrones específicos. El señor estaba acostumbrado a sembrar “a como cayera”. Con frecuencia el viento le botaba la milpa. Finalmente los técnicos, consiguieron que algunos vecinos sembraran según los patrones recomendados y al persistente señor lo dejaron seguir como él quería. Un día el viento le volvió a botar la milpa, en tanto a sus vecinos que habían seguido las recomendaciones, no se les había dañado el cultivo. Cuando los técnicos confrontaron a nuestro protagonista –“Ya vio. El maíz de sus vecinos no se cayó ¡ -el contestó “Ah,claro es que en la parcela mía se encajonó un viento” . Nos cuesta mucho cambiar y desarrollarnos debido a ese apego tenaz a lo que creemos correcto, adecuado o deseable.

Usted conoció a fulanita hace años. Entonces tenía unos rasgos de comportamiento irritantes. Pero todos cambiamos. Usted dejó de verla. No estuvo presente para ir presenciando su cambio gradual. Hoy usted se reunirá con fulanita. La encuentra cambiada, pero da más crédito a lo que cree de ella que a lo que ve: Seguramente me está manipulando. Quién sabe detrás de qué anda que está tan simpática. ¡Dónde aprendería esos trucos para caer bien¡ Fulanita sabe eso. Y lo sabemos todos nosotros que para el efecto somos como fulanita porque hemos cambiado y no todo nuestro público nos ha visto cambiar. Por eso a veces nos resulta más cómodo conducirnos según nuestro nuevo comportamiento ante extraños que ante propios. Ante los extraños no tenemos historia registrada. Ante los propios estamos etiquetados.

Sobreponerse a una etiqueta es una ardua tarea para el estudiante que el año pasado no estaba tan entusiasmado con la carrera y entonces rendía mal. O para el colaborador que estaba en un puesto para el cual no tenía gusto o habilidades especiales y entonces no era un ejemplo de diligencia y desempeño. Si en cada contacto, abriéramos la posibilidad de que el otro nos sorprendieracon una nueva cualidad, con una nueva posición; si tiráramos las etiquetas,se iría desplegando ante nuestros ojos el resultado del proceso de desarrollo personal en el que todos vamos navegando.

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