El enviado

Publicado en La Nación el 24 diciembre, 2001
Categoría: Artículos
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Lo leí por ahí y lo modifico un tanto, pero el cuento va así. Un monasterio que había tenido su época de esplendor, había venido a menos. Hasta donde entiendo, el esplendor de un monasterio no está en los edificios ni en las ceremonias, sino en la inspiración espiritual que irradie de él. Y esa inspiración se evidencia en el número de personas que se acerquen a tocar sus puertas en busca de auxilio, en busca de guía, en busca de paz y algunos, más entusiasmados por esa fuerza espiritual, apedir ser admitidos en la comunidad.

En las vecindades del monasterio vivía un hombre sabio de quien se decía que tenía la capacidad de ver la realidad. Hay que ser sabio para ver la realidad. Los demás, como decía Platón, no vemos las cosas como son, sino que sólo vemos sombras de cosas . Pues bien, hacia el sabio se dirigió el abad del monasterio a tratar de obtener luz sobre por qué un monasterio que en elpasado era faro que iluminaba, hoguera que calentaba, nido que acogía, refugio que sosegaba, melodía que alegraba, ahora languidecía. El sabio se dolió con el abad de cómo habían cambiado los tiempos, de cómo lo espiritual ya no era prioritario. De cómo otros afanes dirigían la atención de las personas en otras direcciones, de cómo Dios parecía haberse ocultado, de cómo el mundo parecía mucho más fuerte que el demonio y la carne,los otros enemigos del alma.Pero no le dio una respuesta.Dijo que no la conocía. Pero cuando ya el abad desalentado emprendía el camino de regreso,le dijo, quizá como condolencia para que le acompañara en su camino de regreso: “Es una lástima,porque entreUds. hayun enviado de Dios”.

El abad volvió al monasterio, reunió a losmonjesy les contó el resultado de su misión: ese hombre sabio dice que entre nosotros hay un enviado de Dios. A partir de ahí las cosas empezaron a mejorar para el convento: más visitantes, más fervor de los fieles que asistían a las ceremonias, más conversiones, más luz y calor y alegría. Y hasta más jóvenes llenos de entusiasmo y generosidad empezaron a pedir su ingreso en la orden.

¿Qué había ocurrido? Cada uno de los monjes era suficientemente humilde como para no pensar “yo soy el enviado” pero todos tenían suficiente confianza en lo que el hombre sabio había dicho a su abad. Entonces empezaron a preguntarse quién de entre ellos sería el enviado de Dios ¿El hermano Tomás, tan desatento en la oración, pero tanesmerado en elservicio a los demás? ¿O el hermano Rafaeltan pronto para la ira pero tan respetuoso de los detalles de la liturgia? ¿O Felipe de tan pocos vuelos teológicos pero de tan gran entrega al trabajo de todos los días? Y entonces, poco a poco, a fuerza de irse preguntando quién sería el enviado acabaron por empezar a tratar a todos sus compañeros como si cada uno fuera el enviado, nada más que por si acaso.

No hay duda de que cada persona tiene algún talento, tiene algún don, tiene alguna habilidad, tiene algún punto de vista que le es particular. En ese sentido, cada uno de quienes nos rodea es un enviado, trae un mensaje, aporta una singularidad, es insustituible, posee una energía, un talento específicos en busca de hacer clic con alguien o con alguna situación.

Nuestras empresas, nuestras comunidades, nuestras familias, florecerían como el viejo monasterio, si indagáramos en cada persona cuáles son los rasgos, las facetas, las aristas que sólo nos han llegado a través de ella y que la convierten en enviada especial. Si aprendiéramos a sentir gratitud yesperanza ante las particularidades de cada persona. Muchos vendrían a ver qué es lo que ocurre. Por qué esa delicadeza, por qué ese respeto por la singularidad de los demás. Ninguno de los monjes era perfecto como para ser tomado por El Enviado, pero todos tenían algo que los convertía en enviados. Y de una cierta manera, tratarse como enviados por si acaso, hizo que El Enviado habitara entre ellos.

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