Primero no hacer daño

Publicado en La Nación el 15 octubre, 2001
Categoría: Artículos
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Hay un aforismo médico que prescribe queel primer deber del médico es no hacer daño, lo cual se podría interpretar como que existe la prohibición de intervenir si se tiene duda en cuanto a los perjuicios eventuales. Me gusta pensar que el aforismo invoca implícitamente la convicción de que existe una dinámica de recuperación de la salud que es propia del organismo y la cual el médico haría bien en no obstaculizar. A todos nos han dicho que una gripe sin medicación desaparece en una semana y con medicación, en siete días.

Estas guías, posiblemente existen en la disciplina de la medicina debido a su profundo y cuidadoso desarrollo como actividad humana, pero son igualmente necesarias en otras áreas del hacer humano. Pensemos en cuántas acciones en la empresa hubiera sido mejor no hacerlas. Cuántas cosas hubiera sido mejor no decirlas. Cuántas inversiones hubiera sido mejor no hacerlas. Cuántos proyectos hubiera sido mejor no iniciarlos.

Cuando nos enfrentamos a un problema, no nos ocurre pensar en las posibilidades de que la misma situación problemática se encargara de ella misma. Por ejemplo, se dice que en nuestro país ningún escándalo dura más de tres días, y entonces se recomiendano haceraclaraciones porque de todas maneras a los tres días el asunto perderá intensidad.

Recuerdo haber estado cerca cuando se barajaban nombres para una importante posición gerencialen una empresa. Cuando se mencionó el nombre de un candidato con excelentes rasgos, alguien dijo: “Fulanito está muy bien, pero habría que esconderle el atornillador”, lo cual todos los contertulios que lo conocían, entendieron como que Fulanito tenía la tendencia a intervenir en cosas de su nivel y de niveles muy operativos. En aquél grupo,“sacar el atornillador” era sinónimo de microgerenciar, es decir, meterse en minucias y “guardemos el atornillador” era un llamado a que nos ocupemos de lo importante. Estar ocupado no siempre es saludable. Hay que estar ocupado en lo importante.

Hay un chiste que dice que cuando después del sexto día, la creación estuvo concluida, el Diablo se acercó a Dios y le dijo: ”Qué bien te quedó. Ahora déjame a mí organizarla”. A veces organizar es ordenar. A veces es esclerosar. Hay cosas que hay que dejarlas a su propia espontaneidad, a su propia dinámica. Ordenar es una cosa, regular es otra.

El aprendiz de brujo, que de oídas trata de conjurar al genio que le servirá, corre el riesgo de conjurarlo mal y ponerlo a hacer lo que no queremos. Saber qué hacer y cuándo hacer es tan importante como saber qué no hacer. El dicho oriental que aconseja no empujar el río porque de todas maneras él fluye aunque no lo empujemos, es un llamado a la prudencia en la intervención.

Las circunstancias en las cuales operan las empresas modernas demandan estructuras y procedimientos muy transparentes, muy flexibles, con una gran capacidad de crecer y decrecer, de cambiar de rumbo, de incorporar y eliminar actividades. La fantasía de creer que todo puede ser planeado, conducido, previsto, resuelto,podría impedir a las empresas aprovechar la serendipidad, que es algo así como lo que llamábamos “chiripa” y que consiste en cosas buenas o agradables que ocurren sin que las planeemos. Una empresa no es un mecanismo. Es más bien un organismo. Y los organismos tienen su manera propia de lograr cosas. Saben hacia dónde van, se ponen en camino, pero dejan la puerta abierta a cosas que ocurren sin que sepamos cómo. Por eso podría ser un despropósito querer que las empresas y las personas funcionaran como un relojito. Un relojito es una cosa muy simple: sólo sirve para dar la hora. En cambio la persona y la empresa crecen, se renuevan, se adaptan, sueñan, luchan, que es mucho más que sólo marcar el tiempo.

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