El ágape

Publicado en La Nación el 8 octubre, 2001
Categoría: Artículos
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Hace poco tropecé en el diccionario de la Real Academia con esa bella palabra: ágape. La cual denomina a la práctica que tenían los primeros cristianos de celebrar una comida fraternal, destinada a estrechar los lazos que los unían. El origen griego de la palabra es afecto, amor. Uno supone que en dichos convivios se confirmaban en la fe y se reforzaban mutuamente para encarnarla en su vida cotidiana. Y esto hace resonar una recomendación que he dado y visto dar por otros autores sobre la necesidad de que cuando se logra una meta, de alguna manera se lo festeje, para reforzar el comportamiento que lo hizo posible. Por ejemplo, cuando un equipo de ventas logra antes del día 25 la meta fijada para el repectivo mes, su jefe debería agasajarlos con cosas que podrían ir desde una pizza disfrutada en grupo.

El trabajo, cuando se hace concienzudamente, implica una cierta tensión, un cierto sacrificio de otros intereses para que la mayor parte de la energía se dirija al logro de lo que nos proponemos hacer. En ese sentido, el trabajo es costoso.Si aprendemos a gratificarnos cuando logramos el propósito, estaremos enviándonos un mensaje a nosotros mismos, en el sentido de que se puede esperar un premio luego del esfuerzo exitoso. Muchos practican esto desde sus tiempos de estudiantes: si no saco un diez, no voy al estadio o si gano el bimestre, fin de semana en la playa.

Un aprendizaje importante es el de saber cuándo “consentirse”. El tratarse bien a sí mismo es un signo de aceptación y la aceptación destapa energías que la autoinculpación reprime. Con medida, desde luego. Ni excederse en la celebración, ni pasarse todo el tiempo celebrando. Pero el trabajo necesita sus pausas y los logros necesitan un reconocimiento, ya se trate de haber logrado venderle a un cliente nuevo a quien estuvimos asediando por mucho tiempo o de haber cumplido el ochenta por ciento de las metas estratégicas.

En las empresas se entiende esto de una cierta manera. Casi ninguna empresa deja de hacer una fiesta de fin de año, pero ocurre que a veces esa fiesta se convierte en un acontecimiento multitudinario y deja de tener el carácter de ágape, deja de ser un medio para estrechar los lazos que unen a quienes trabajan para un propósito común. Vale la pena preguntarse si en vez de una gran fiesta no convendría hacer varias fiestas por unidades de trabajo. O si convendría tomar el presupuesto de la fiesta de fin de año y asignarlo a muchos pequeños ágapes que se irían haciendo durante el año, cada vez que hubiera razones para congratularse de algún éxito.

El ágape tiene una esencia, un sentido. La celebración común y corriente que vemos hacer por ahí está concebida más bien en tono de jolgorio. La comida se transforma en comilona y la tertulia se ahoga aplastada por los múltiples decibeles de la “disco”. Las cosas no se pueden hacer de cualquier manera. Si queremos rescatar la esencia del ágape como festejo por un logro,hay que darle una cierta forma ceremonial, como la tienen las bodas o los actos de graduación.

El ágape requiere que se ensanche el intento ceremonial que aún queda en el brindis, el cual es como un encuadre de por qué estamos aquí juntos compartiendo.El ceremonial, para que la celebración gane en sentido, debería empezar por relacionarla explícitamente con el éxito logrado. Luego debería reconocerse cuáles son las habilidades, los puntos fuertes, las buenas prácticas que hicieron posible ese éxito, lo cual constituye una confirmación de nuestra capacidad y una invitación para seguir emprendiendo. Finalmente debería dedicarse un tiempo asacar propósitos de lasexperiencias obtenidas. De esa manera, el éxito pasado, en vez de constituir una estampa amarillenta en un álbum, haría germinar nuevos emprendimientos futuros.

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