SemanaCívica

Publicado en La Nación el 10 septiembre, 2001
Categoría: Convivencia
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Recordemos que la palabra ciudad en latín se dice civitas, de donde provienen nuestras palabras civil, civilizar y civismo. Civilizar es humanizar la naturaleza y una de las formas más notorias de civilizar es hacer ciudades.

Quien no se adapta a la vida en la ciudad podríamos decir que es un incivilizado. Decimos que es incivilizado hablar a gritos porque eso perturba a los demás.

También es incivilizado conducir temerariamente, porque eso es potencialmente dañino para los demás.

O utilizar envases no reciclables porque eso es dañino para otros que aún no están entre nosotros.

De lo que estamos hablando es de adaptarse a la vida en la comunidad, de convivir adecuadamente con otros, cercanos o lejanos, en el espacio o en el tiempo.

El ser civilizados nos obliga a participar en una convivencia productiva que nos haga felices o nos resulte confortable, o al menos no nos cause sufrimiento.

Por así decirlo, civilidad es ser sensible a las consecuencias de nuestro comportamiento sobre los demás.

Sea que los demás formen parte de nuestra familia, de un grupo de trabajo, de la comunidad en la que vivimos o del país del cual somos habitantes.

Lo interesante es que esta reflexión podríamos extenderla hasta la posición que nos corresponde como miembros de la especie humana o en un concepto de mayor extensión, como habitantes de la tierra.

Se pueden hacer largas listas de normas sobre cómo vivir en comunidad, pero sería muy conveniente que lográramos reducirlas a unas cuántas normas esenciales.

Una norma esencial es aquella de Benito Juárez de que el respeto al derecho ajeno es la paz.

Si la extendemos y hablamos del derecho que los demás tienen a la palabra, a ser como son, a pensar como piensan, a tener su propio estilo, estamos hablando de algo que en cualquier grupo haría emerger la creatividad y la diversidad.

Otra norma, y esta viene sugerida por algunos decenios de preocupación ecológica, es la de que cada uno de los miembros de un grupo –equipo de trabajo, país, humanidad– tiene una responsabilidad por la supervivencia de ese grupo.

Cada uno tiene obligación de contribuir a que el equipo produzca, el país prospere, la humanidad se perfeccione, porque la improductividad, la postración, el deterioro, conducen a la desaparición del grupo.

Una tercera norma es que hay distintos papeles y que todos son importantes, aunque algunos sean oscuros y desteñidos.

Existe el jugador del equipo deportivo que se desgasta anulando a un contrario peligroso, o el miembro del equipo de trabajo que invierte energías en facilitar la labor de sus compañeros; existe el ciudadano común que cumple con sus obligaciones sin que nadie lo vea y la persona que cree que toda falta privada deteriora a la humanidad y que toda virtud privada la mejora.

Con eso en mente la educación cívica no debería reducirse a una inducción para que respetemos los símbolos nacionales o nos sepamos las fechas patrias de memoria.

Podemos saber la lista de presidentes de Costa Rica pero, si no practicamos las normas esenciales, no seremos buenos ciudadanos y no estaremos debidamente civilizados.

Más bien la aspiración de la educación cívica consistiría en enseñar qué cosas resultan destructivas para la comunidad –familia, equipo, empresa, país, humanidad– y qué cosas la hacen más feliz.

Y el resultado de esa enseñanza sería aprender cómo convivir, como decía Maslow, dejando que el otro sea todo lo que puede llegar a ser y creando oportunidades para que quienes vienen detrás encuentren mejores posibilidades de desplegar su potencial.

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