Estilos personales, una manera de ser

Publicado en La Nación el 20 agosto, 2001
Categoría: Responsabilidad
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Ser libre no consiste en hacer lo que a uno le de la gana. Si eso fuera así, cualquier persona libre podría saltar a tres metros de altura y eso es imposible. Es imposible porque la fuerza de la gravedad nos impide hacer lo que nos de la gana. Podemos ser libres, pero no podemos ser totalmente independientes.

La regla de juego esencial en el manejo de nuestra libertad, es la de que somos responsables de lo que hagamos en uso de esa libertad. Supongamos que tomamos una preciosa vasija en nuestras manos. Es claro que somos libres para sostenerla o libres también para soltarla y dejar que se haga añicos en el choque. Pero lo que no se vale es soltarla y querer que no se rompa. O no responsabilizarse de su destrucción.

Cada uno de nosotros tiene un estilo personal, una manera de ser. Ese estilo causa en los demás una determinada reacción. Podemos exhibir nuestro estilo de relación con los demás, pero somos dependientes del hecho de que ese estilo causa tal o cual efecto. Por ejemplo, podemos tener una actitud de minusvaloración por las ideas que nos presenten los colaboradores. Lo que no se vale es ser así y querer tener un grupo de colaboradores que permanentemente nos traigan ideas nuevas.

En las relaciones con los demás, como las que ocurren a raíz del trabajo, el estilo es importante y constituye un problema complejo. En primer lugar, hay estilos que nos están vedados. Por así decirlo, cada uno de nosotros tiene unos rasgos básicos los cuales le permiten tener tal o cual estilo. Pero hay estilos que resultan imposibles para según quienes. Por ejemplo, a la persona que es básicamente analítica, le resulta imposible exhibir un estilo de persona arrojada, audaz. A quien es introvertido, le resulta imposible ser esa persona que contagia entusiasmo a los demás.Otros aspectos del estilo son menos básicos y parecen brotar más de los hábitos que de los rasgos profundos de la personalidad.Por ejemplo, muchos de los roces y malestares que ocurren con ocasión del trabajo, se relacionan con hábitos de cortesía.Escuchar con respeto, no utilizar lenguaje ofensivo, no levantar la voz, no gesticular ni hablar de manera iracunda, parecen más bien hábitos que debimos haber adquirido en la escuela primaria que rasgos básicos de la personalidad.

En los grupos de trabajo encontramos personas que reconocen que deberían limar su estilo en beneficio de sus relaciones con los demás. Pero también encontramos la pertinacia de quienesabandonan toda esperanza y renuncian a todo esfuerzo por cambiar. Cambiar es complicado. Los rasgos básicos no se pueden cambiar. Pero los rasgos relacionados con la cortesía sí que pueden cambiarse.

Ocurre en las empresas en las cuales priva lajerarquización, una relación entre el nivel jerárquico y la disposición a revisar el estilo. La regla implícita es la de que en los niveles superiores hay más derecho a mantener un estilo, que en los niveles inferiores. Esto es causa de mucho malestar y en algunos casos, de mucha ineficacia.

Un bonito dicho castellano dice que lo cortés no quita lo valiente. Se puede ser gentil sin abandonar el mando. Se puede ser exigente sin vociferar.Se pueden lograr resultados excelentes sin hacer mucha alharaca.Se puede lograr atención y colaboración sin amenazar. O se puede -hay libertad- ser furibundo, temible, regañón, pero entonces no se vale quejarse de que los colaboradores sean poco espontáneos, poco creativos, y poco entusiastas.

Cada quien tiene derecho a su estilo. Cada quien tiene la opción de cambiarlo. Cada estilo tiene sus consecuencias. Somos responsables de las consecuencias de nuestro estilo.

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