Viva la gente

Publicado en La Nación el 6 agosto, 2001
Categoría: Desarrollo
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¿Se podrá decir aún algo nuevo sobre liderazgo? Tal vez.

Hace treinta años había un movimiento juvenil el cual había adoptado una canción casi como su himno: Viva la Gente. Decía algo así: Viva la gente. La hay donde quiera que vas. Viva la gente, es lo que nos gusta más. Y concluía con esta frase en la cual hay una lección de liderazgo: “Ámalos como son y lucha porque sean, los hombres y las mujeres que Dios quiso que fueran”.

Cada uno de nosotros puede llegar a ser más y mejor. A eso Abraham Maslow lo llama auto-realización. Según Aristóteles las cosas tienen una potencia –lo que podrían llegar a ser– y un acto, lo cual consiste en desplegar esa potencia. Una semilla es un naranjo en potencia. Un naranjo es un naranjo en acto.

Desarrollar personas no es moldear ladrillos: tomar barro, ponerlo en un molde y producir un ladrillo, el cual, debido al molde es siempre igual a los demás. Desarrollar es más bien facilitar el despliegue del potencial de cada uno. Cada uno tiene un canto en su garganta. Educar, formar, mejorar a los demás, no es hacer que canten nuestro canto sino abrir espacio, alentar, apoyar, para que brote el canto de cada uno.

Como las cosas son lo que son, ofrecen una cierta resistencia a ser modificadas. La selva se resiste a convertirse en finca, el caballo salvaje a convertirse en caballo domesticado, la piedra a convertirse en escultura, la caña en flauta . El trabajo que nos cuesta hacer algo, se debe a esa resistencia de las cosas por cambiar.

“Caña, hagamos un trato: usted se deja agujerear y yo la convierto en flauta, y le voy a explicar las enormes ventajas que tiene para usted ser una flauta. Fíjese, en vez de ser un pedazo de caña, podría ser un instrumento musical. Podría servir para que alguien exprese su percepción de la armonía y para que otros disfruten de esa música”.

¿Pero qué ocurre? Ocurre que hay cañas que no quieren ser flautas. Otras no nacieron para flautas. Otras, querrían ser flautas pero a su ritmo: no quieren ser urgidas a serlo y se sienten agredidas por la prisa del fabricante de flautas.

Idealmente un buen líder facilita el mejoramiento de quienes lo rodean, pero no los coaccionar a mejorar. Entre otras cosas por lo que dice el dicho en inglés: Se puede llevar un caballo al agua, pero no se le puede obligar a beber.

Existe una hora. Hay personas a las que no les ha llegado la hora. Decía un amigo que el buen líder es como una obra de consulta que está todo el tiempo disponible, abierta, promocionada, esperando a que llegue el momento de quienes habrán de beneficiarse de ella. El director de orquesta dirige con una batuta. La batuta es totalmente silenciosa. Porque lo que el director quiere es que se oiga la música de los músicos, no que su propio sonido apague el de los demás.

En la situación concreta el líder tiene la necesidad de obtener de su grupo unos resultados, generalmente elevados según la intensidad competitiva actual. Y entonces tiene que forzar al grupo y no puede esperar a que a cada uno le llegue su hora.

¿Cómo conciliar entonces esta realidad con el enfoque ideal? Líder y colaboradores harían bien en dialogar sobre la diferencia entre el enfoque ideal y el real y en distinguir entre las necesidades de desarrollo urgente y las que no lo son. Las primeras necesitan un enfoque de emergencia, las segundas podrían manejarse por medio del enfoque ideal.

Ambos esfuerzos de desarrollo deberían tener en cuenta las características individuales de los colaboradores, según las cuales, al decir de don Jorge Manuel Dengo –ese líder ejemplar–, no todos servimos para todo pero sí todos servimos para algo.

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