La verdad no peca

Publicado en La Nación el 30 julio, 2001
Categoría: Artículos
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Conducir una bicicleta, o un automóvil, es un proceso permanente de autocorrección: intentamos ir por una trayectoria, pero la raya del centro o el lado derecho de la carretera nos van diciendo si nos estamos desviando de la trayectoria.

Con base en esa información hacemos correcciones. Lo mismo ocurre en nuestra vida de relación con el proceso de sociabilización. El niño de preescolar que entra al aula gritando todavía con la euforia del recreo recibe de su maestra, y a veces de sus compañeros, la información de que ese comportamiento no es adecuado y entonces va haciendo las correcciones. La información puede venir presentada de las siguientes maneras: “eso es muy feo”, “eso no se hace”, “parece un mono aullador”, “eso molesta a sus compañeros” o “eso me molesta”. Todos esos mensajes tropiezan con la defensividad que se expresa –internamente desde luego– en forma de “vieja sapa”, “esa maestra no me quiere”, “a mí qué me importa que no le guste”. Exactamente lo mismo ocurre cuando estamos trabajando en un equipo y se nos da información sobre nuestro comportamiento y su influencia en la productividad o bienestar del equipo. Sigue siendo cierto lo que decíamos cuando éramos niños sobre que “la verdad no peca pero pica”. ¿Qué hacer entonces para dar información a los colaboradores o a los compañeros de un equipo de trabajo?

Recordemos primero aquella valiosa regla según la cual el elogio se puede hacer en público pero la censura debe ser hecha en privado. Recordemos la otra regla de que cuando se quiere dar información sobre el comportamiento, hay que ser lo más descriptivo que se pueda y evitar juzgar sobre la intención del comportamiento. Si alguien llega tarde, lo que hay que hacer es presentarle una estadística sobre sus retrasos durante la última semana. Le costará digerir esa verdad, pero su reacción será más civilizada que si le queremos colocar la etiqueta de irresponsable o incumplido. El espejo nos da cada mañana información sobre nuestros rasgos, pero nos la transmite apegándose a los hechos. Si un espejo –japonés, tendría que ser– nos diera un mensaje hablado y nos dijera cómo nos ve, sentiríamos una gran resistencia a aceptarlo.

Al dar y recibir tranquilamente información sobre cómo el comportamiento de alguien perjudica a los demás, se le denomina en inglés con una palabra que traduciríamos al español como asertividad. La palabra asertividad se podría sustituir en español por la palabra franqueza, pero ya sabemos lo que en nuestro medio significa. Cuando alguien nos dice ¿te puedo ser franco? Ya sabemos que lo que sigue es una afirmación bien dura de escuchar. Es como si las personas tuvieran que tragar y tragar, vale decir, ir reuniendo energía para tener el valor de decir algo sobre nuestro comportamiento. Seguramente la práctica de la asertividad es más natural en algunos pueblos. En el nuestro no es natural. Por eso requiere de ese acopio de energía y por eso la franqueza, más que un medio para informar con frecuencia es un medio para agredir.

Si en nuestro bus viaja un pasajero cuyo comportamiento nos resulta irritante, lo más recomendable es cambiar de bus. Pero si tenemos que convivir laboralmente en un grupo, lo más recomendable es hacer un pacto para que de tiempo en tiempo sea válido hacerse peticiones –no señalamientos negativos–. Levanta menos resistencias pedirle a alguien que nos entregue su reporte más temprano en la semana, que decirle que siempre se atrasa o que por su culpa tenemos que trabajar el viernes por la noche. La petición es mucho más tolerada que el señalamiento de lo que no anda bien.

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