No, porque se resiente

Publicado en La Nación el 23 julio, 2001
Categoría: Artículos
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Un partido de fútbol a puerta cerrada, carece de intensidad emotiva. El público es un protagonista del partido.

Con sus aplausos y sus rechiflas va dando información a los jugadores sobre lo que le parece positivo o negativo de cada jugada.

Al contrario, los grupos de trabajo en las empresas no tienen público. De manera que no hay aplausos ni rechiflas.

¿Cómo hace entonces un equipo de trabajo para saber si lo está haciendo bien o lo está haciendo mal?

En un equipo, se tiene la obligación de buscar la efectividad no sólo porque para eso les pagan a los participantes, sino porque la auto-realización de los miembros del equipo depende en parte de si se logran sus objetivos de la mejor manera.

En ausencia de público, los miembros de un equipo son a la vez, jugadores y público. Ellos tienen una noción sobre cuáles propuestas, cuáles intervenciones, cuáles aportes de los miembros, pueden contribuir a la efectividad del equipo y cuáles pueden perjudicarla.

En esto, desde luego, los miembros del equipo, lo mismo que el público, pueden equivocarse, de manera que esa noción sobre lo que sirve y lo que no sirve, debe ser utilizada con toda cautela.

Pensemos en un conjunto de ejecutivos que estuvieran armando juntos un modelo de Lego.

El objetivo del equipo sería lograr armar un bonito castillo, por ejemplo.

Si alguna de las personas participantes aportara una pieza azul de cinco centímetros para un agujerito de tres centímetros en una pared amarilla, posiblemente ella misma se daría cuenta de que la contribución no calza.

Si no se diera cuenta le podríamos explicar que ni el tamaño ni el color riman con el proyecto grupal.

Esa persona, en ninguno de los dos casos sentiría que la estamos rechazando a ella, sino que sentiría que estamos rechazando la pieza que aporta.

En un equipo en la empresa, no aportamos piecitas de Lego sino que aportamos ideas, aportamos acción, y posiblemente porque las ideas y las acciones nos salen de la parte más querida de nuestro ser, cuando se nos rechaza una idea, sentimos que se nos rechaza a nosotros mismos.

El rechazo lo traducimos de formas muy diversas: podemos sentir que se minusvalora nuestro papel en el grupo, o que se minusvalora nuestra inteligencia, o que no se nos quiere.

Y todo esto es muy dramático. En muchos casos la educación temprana de los niños (nosotros un día fuimos niños) está plagada de episodios en los cuales hacemos tal aspaviento sobre sus aciertos intelectuales, que el niño construye la asociación de que para ser querido hay que ser inteligente

Por eso nos cuesta tanto aceptar que una de nuestras ideas pudiera ser desechada por los otros miembros del equipo.

Todos somos narcisistas. Unos más que otros. Es una cierta dosis de narcisismo la que nos lleva a cuidar de nosotros, a hacer las cosas de manera que beneficien nuestra imagen.

Para exagerar, digamos que sin una cierta dosis de narcisismo se nos olvidaría vivir, de igual manera que una alta dosis de narcisismo hizo que a Narciso se le olvidara vivir, embelesado como estaba en la contemplación de sí mismo.

Ese narcisismo –supongamos que el nuestro es moderado– hace que las ideas que pensamos nos parezcan buenas y al entregarlas y recibir críticas por ellas, la crítica pega en la idea, pero como la tenemos tan cerca del corazón, por carambola nos sentimos heridos.

Tenemos entonces dos obstáculos para un transparente intercambio de opiniones sobre el valor de las ideas.

El temor a dejar de ser queridos y la valoración que hacemos de nosotros y de nuestras ideas.

Podemos reblandecer estos obstáculos, pero hemos de esperar una semana para explorar ese terreno.

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