Sí se puede

Publicado en La Nación el 16 julio, 2001
Categoría: Contribución
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Las palabras tienen fuerza. Sirven para dar aliento, para entusiasmar. Tanto si las decimos a otros como si nos las decimos a nosotros mismos.

Las palabras que nos decimos a nosotros mismos de manera repetitiva, se convierten en parte de nosotros.

En unos casos, nos liberan como mariposas –o como águilas, para quienes se sienten muy potentes– o nos atan como corderitos.

Escuché una vez a alguien que decía que una persona se va haciendo semejante a sus pensamientos habituales.

Podemos de esta manera hacernos desordenados, perdedores, minusválidos. Podemos hacernos pretenciosos, fantasiosos, ilusos. O podemos hacernos realistas, prudentes, balanceados.

En algunos libritos de autoayuda, parece que el objetivo es que el lector se haga pretencioso, que se sienta supermán, lo cual no parece sensato.

Para mantenernos en el lado seguro del principio de realidad, de la práctica de la prudencia, del balance y la armonía, conviene mucho que nuestra confianza no se vea mermada por los automensajes derrotistas, pero que tampoco se vea indebidamente exaltada por las marchas militares que nos tocamos internamente. De ahí la importancia de algo que en las personas se parece mucho al ciclo de Deming.

El ciclo de Deming en las empresas consiste en señalar una meta, ponerse a trabajar, ver los resultados, compararlos con un standard y mejorar la acción futura. Es un ciclo de mejoramiento.

En el caso que nos ocupa, un ciclo virtuoso de acción sería: proponerse algo, realizar las acciones, ver los resultados y subir la barrita interna de los desafíos, porque si pudimos con esta meta, podremos con otra un poco más elevada. En este momento nuestra capacidad, nuestra potencia se habrá elevado, porque la capacidad reconocida de lograr algo eleva la capacidad de intentar.

David Mc Clelland, un psicólogo de Harvard, hace varios años planteó unas hipótesis sobre la motivación según la cual, las personas se enfrentan a los retos y los acometen o no según la expectativa que tienen de poder superarlos.

Si a una persona sin entrenamiento le piden que salte a una altura de un metro, no aceptará el reto porque le parece que no lo superará.

En cambio si tiene entrenamiento y ya salta noventa centímetros, cuando se enfrenta al reto de un metro, lo acometerá porque siente que lograrlo está dentro de lo posible.

La experiencia interna de superar metas, nos habilita para intentar alcanzar otras superiores. El entrenamiento – ponerse metas, intentar superarlas, superarlas a veces y otras no – nos aumenta el potencial de acción.

Me parece que éste es uno de los productos de la educación formal. Piense en la dificultad mayor que superó en el colegio o en la universidad y ahí tiene un referente que le alienta a acometer con confianza este reto que ahora enfrenta.

También aumenta nuestra disposición a intentar cuando otra persona supera exitosamente un reto. Es el valor del ejemplo.

Pero el ejemplo no basta con verlo sino que hay que elaborarlo debidamente. Se cuenta el chiste de que alguien menciona que una persona ha ganado mucho dinero y otra comenta ¡Así quien no: trabajando como un burro!

Lo que está implícito en esa afirmación es: a mí no me pidan que lo imite. Yo quiero ganar la misma cantidad de dinero pero sin sacrificarme tanto.

Tanto la Selección Nacional, como el Presidente de la República, nos han dado recientes ejemplos de lo que se puede.

El decir del Presidente, al culminar el ascenso al Chirripó, en el sentido de que Costa Rica puede, es pedagogía presidencial, y podría inspirarnos si lo elaboramos debidamente y no lo diluimos en risitas y choteo, para lo cual no están los tiempos.

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