Inversión afectiva

Publicado en La Nación el 2 julio, 2001
Categoría: Artículos
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Entramos en algunos asuntos sin suficiente querer. Una fiesta, un negocio, un puesto, una relación rinden diferentes frutos si estamos en ellos con un vínculo fuerte, o si nos vemos arrastrados a ellos por las circunstancias.

Según las novelas de caballería, los candidatos velaban las armas la víspera de ser armados caballeros. La vela de las armas era un ritual entre militar y espiritual.

Antes de ingresar a una orden religiosa, las personas aspirantes deben pasar por una etapa de prueba.

Lo mismo que antes de ingresar a un determinado oficio, se debía pasar por el período de aprendizaje.

Y ni qué decir del matrimonio que en sus buenos tiempos tenía como preludio la linda etapa del noviazgo.

Esas etapas previas, las esperas para ingresar, las pruebas de la vocación intentan levantar mediante hechos el grado de compromiso con las exigencias del estado o de las actividades futuras.

Alguien usaba para esto el término analógico de inversión afectiva. Si mostramos nuestro interés en hacer algo, si ya dispusimos nuestra voluntad a tal efecto, hemos invertido en ello una parte de nosotros y, por tanto, es más probable que finalmente lo concretemos.

Es más probable que asistamos y permanezcamos en un acto si de previo hemos reservado y pagado el boleto, que si a última hora podemos decidir no ir sin tener que soportar ninguna pérdida.

De una cierta manera se utiliza el concepto de inversión afectiva cuando una profesora, quien va a exponer una lección sobre el Renacimiento, solicita a los estudiantes que se reúnan en grupos con el fin de señalar cuáles cosas les gustaría conocer o compartir acerca del tema.

Si se lanzara a exponer sin preámbulos, se expondría a que los alumnos cerraran su atención, porque de por sí ellos no habían entrado en el acuerdo de que se les iba a hablar de eso. En cambio, en el acto de señalar inquietudes, los estudiantes de cierta manera están pagando el boleto para entrar en el asunto.

Dejar que el colaborador participe en hacer su plan sobre cómo alcanzar un cierto objetivo, lo vincula más al trabajo que si solamente se le da la orden.

En un proceso de cambio, cuanto más participen las personas en lo que se espera que ocurra, mejor. Pero no se trata de que diseñen el proceso de cambio ni que señalen las metas. A veces con que simplemente puedan decir, con confianza y seguridad, cómo se sienten sobre el cambio, ya están haciendo su inversión afectiva.

Lo que más atención debe despertar en el caso de un proceso de cambio no son los cuestionamientos que se le hagan sino el enmudecimiento de algunos. Quien cuestiona, quien se opone, de una cierta manera ya entró en el acuerdo. Quien enmudece, podría haberse fugado afectivamente.

Una forma muy frecuente de inversión afectiva es el señalamiento de expectativas. Cuando formulamos expectativas sobre una actividad de trabajo, sobre una fiesta, sobre un paseo, estamos comprando el boleto.

Invitar a alguien a una fiesta, a hacer un trabajo, a participar en un proyecto sin darle espacio para que diga qué es lo que espera lograr, y más aún, qué es lo que desea alcanzar, es arriesgarnos a que no se presente, a que se retire, a que se desinfle. Ir pasando por las etapas de un proceso formal de selección para un puesto, es invertir afectivamente en ese puesto. Conducir una reunión sin hacer un tanteo sobre las expectativas de los presentes, dará lugar a resultados menos efectivos.

Cuando la audiencia aplaude al candidato que hace su discurso, está haciendo una inversión afectiva. De ahí la superioridad proselitista de la plaza pública sobre el discurso televisivo.

Sin algún tipo de inversión afectiva, el vínculo que tendremos con el asunto es débil o inexistente y entonces abandonaremos la trinchera en cuanto empiecen los tiros.

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