Mucha parla

Publicado en La Nación el 18 junio, 2001
Categoría: Artículos
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El lenguaje con el cual se habla de los fenómenos, contribuye mucho a la eficiencia de una determinada disciplina. La ingeniera que discurre sobre una estructura o el médico que baraja varias opciones terapéuticas, no se enredan en palabrería. En su discurso están presentes las relaciones de causalidad: esto tiene como consecuencia aquello, lo cual es un modelito que circula desde hace siglos muy a sus anchas por todas las ciencias. En cambio en las reflexiones sobre asuntos en las empresas, con facilidad nos perdemos en una selva de palabras.

Recordemos cómo una historia larga sobre dos trenes que parten de dos puntos opuestos a velocidades distintas y que se encuentran después de tantas horas en un determinado punto, se puede traducir en unas simples expresiones algebraicas las cuales contienen toda la información significativa. Manejado ese asunto con la mentalidad que utilizamos cuando estamos charlando con los amigos en el “happy hour”, empiezan a surgir complicaciones porque vamos mezclando informaciones que no son significativas: la marca de las locomotoras, la edad de los maquinistas, la carga que llevan los trenes, el trazado de la vía. Generalmente, para mantener la claridad sobre asuntos como estos, los profesores nos recomendaban como primer paso hacer un esquema.

Muchas discusiones se simplificarían si tuviéramos la gentileza de hacer esquemas. Me sorprende cómo en muchas salas de reuniones de negocios, no existe una pizarra donde alguien pueda exponer esquemáticamente lo que piensa. Que eso es una necesidad, queda demostrado cuando mandan a traer una pizarra, la cual entonces se convierte en el centro de la reunión y en el instrumento de los acuerdos. Tenemos muy poca capacidad para memorizar un argumento complejo, por eso necesitamos tenerlo a la vista. Aludir a una idea que se dio hace media hora se facilita cuando quedó a la vista de todos.

En la empresa, el gran instrumento es la palabra. Hablamos para planear, para resolver problemas, para evaluar resultados, para entusiasmar a otros. Por eso es importante que dediquemos tiempo a utilizarla de manera eficaz. Es deseable revisar el borrador de un informe preguntándonos críticamente si podría haberse escrito de manera más clara y concisa; si lo importante no queda aterrado entre lo accesorio; si lo crucial como las conclusiones y las recomendaciones queda debidamente resaltado. En alguna empresa el gerente no aceptaba nunca un memorandum que tuviera más de una página. En casi todas se exige que los informes largos vayan acompañados de un resumen ejecutivo.

En vez de economizar palabras, a veces lo que economizamos es pensamiento. En las reuniones ocurre con frecuencia cuando se pide una opinión, que alguien da la suya y a partir de ahí, todos los demás, se pronuncian a favor o en contra. ¿Y las otras opiniones no opuestas sino diferentes a la primera, qué se hicieron? Aquí, la palabra opera como obstáculo a la innovación: la primera opinión es una bola de nieve que va rodando y haciéndose más grande. Mucho más productivo es pedir a las personas que en un par de minutos hagan una anotación en sus papeles sobre la opinión que tienen sobre el asunto en cuestión. Así se garantiza que todos piensen y no que varios cabalguen en ancas de los que primero la expusieron.

Abunda en las reuniones de trabajo la reiteración de cosas que se han dicho o el dar vueltas en círculos, quizá porque en algunos ambientes se valora el tiempo que se ha hablado, más que la calidad de lo que se ha dicho. En respeto al tiempo de los demás sería bueno al hablar y al escribir tener en mente a Baltasar Gracián cuando dice que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

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