Trabajo generoso

Publicado en La Nación el 11 junio, 2001
Categoría: Artículos
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Hace unas semanas estuvimos reflexionando aquí sobre pactos generosos, aquéllos en los cuales las partes no se miden en lo que dan, funcionan en nota de abundancia más que de mezquindad y esperan resultados valiosos, pero ya obtienen satisfacción por el mero hecho de participar.

Algunas relaciones importantes no se viven mediante pactos generosos. Por ejemplo, muchas relaciones trabajador-empresa, se ven más bien como contratos laborales que como pactos generosos. Es totalmente legítimo que alguien decida que su relación laboral con la empresa se va a regir estrictamente por lo que diga por ejemplo un código de trabajo. Pero también es legítimo que alguien escoja regirse en sus relaciones laborales por una ética de abundancia, de entrega, de lealtad. Aquí el criterio importante no es el de legitimidad. Parece que el criterio importante es el de calidad de vida o el de felicidad. La cuestión es de qué manera relacionarnos con el trabajo para que nos produzca mayor felicidad.

Nuestra manera de percibir y de conocer, la forma en que adquirimos conocimientos, la forma en que utilizamos esos conocimientos para andar por el mundo, es simplificadora para que no nos cueste mucho esfuerzo. En vez de tener que razonarlo todo, nos vamos acuñando unos conceptos, unas rutinas, con base en las cuales accionamos. A esto es a lo que se denomina modelos mentales. No hable con extraños, se les dice a los niños y ellos convierten ese consejo en orientación de su acción. No diga todo lo que piensa, y entonces vamos aprendiendo a ser cautelosos con nuestra comunicación. Nadie da nada a cambio de nada, y entonces desconfiamos del trato que nos parece muy bueno para ser verdad.

Todos los modelos mentales, de alguna forma tienen arraigo en la realidad, pero no son la realidad, al igual que un mapa del Parque Zurquí, parte de la realidad de esa región, pero no podemos decir que sea el Parque en sí. Revisar los modelos mentales es más importante que revisar los mapas. Si tomamos un mapa moderno de una región, podemos suponer que el territorio real sigue más o menos igual que como estaba cuando se hizo el mapa, mientras que si tomamos un modelo mental y no lo vamos sometiendo a crítica, podríamos estar utilizando una guía que ya no representa fielmente la realidad. Si uno pretendiera sellar un acuerdo con un pelo de bigote, como dicen se hacía hace tiempo, se expone a ser timado porque parece ser que esa cabalidad en los tratos ya no es tan común como fue.

Algunos modelos mentales sobre la relación trabajador-empresa podrían impedir el establecimiento de pactos generosos. Pensar por ejemplo que los intereses de propietarios y trabajadores son incompatibles, lleva a un comportamiento de dar lo menos y sacar lo más. Pero en la moderna empresa basada en el conocimiento, donde el trabajo ya no es muscular sino intelectual, los intereses de trabajadores y los de los empresarios, son más bien complementarios. Si alguien tiene el modelo mental de que porque un día feriado da tanto placer, el estado ideal del ser humano es el estar pensionado, entonces cada día que va al trabajo es más o menos como un día en presidio: sólo se espera descontar la pena para volver a la libertad.

Hay modelos mentales que sugieren pérdida de libertad y de iniciativa. Me impactó mucho la expresión de una niñita a quien recién habían matriculado en preescolar. Ella le contaba a sus parientes que ya la iban a “meter” al kinder. Muchas personas trabajan en una empresa como si las hubieran “metido” ahí, y no como si se les abriera la oportunidad de desplegar su talento, participar en un esfuerzo común, aprender y desarrollarse.

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