Pactos generosos

Publicado en La Nación el 28 mayo, 2001
Categoría: Artículos
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Vivir con los demás –lo que llamamos convivir– hace necesaria la formulación de acuerdos o pactos. En la empresa, el pacto laboral consiste en que el trabajador aporta unas horas y una energía, la empresa aporta unos medios de producción y compensa con una remuneración. En la convivencia urbana, contribuimos mediante al pago de servicios de vigilancia, recolección de basura, mantenemos el silencio nocturno, nos hacemos favores. En la familia, nos escuchamos, apoyamos, consolamos, contribuimos económicamente. Convivir es hacer y mantener acuerdos de beneficio mutuo, ya sea que éstos sean explícitos o implícitos.

El beneficio mutuo es esencial en el pacto. A ninguna empresa se le ocurriría hacer unos acuerdos con sus proveedores, en los cuales los proveedores siempre salieran “tirados”. Más bien, se habla de crear valor con el proveedor, de manera que la relación que sostenemos sea tan creativa, tan innovadora que aumente el beneficio que deriva la empresa y el que obtiene la entidad proveedora. Y esto ocurre aún en relaciones muy elementales. El pulpero tiene las cajas y botellas de refresco ordenadas para cuando viene el proveedor de gaseosas y éste, se esmera por dejar las neveras llenas y los estantes acomodados, cada uno pensando en el beneficio del otro. Esto es lo que hace que las relaciones sean duraderas, sostenibles. “Tirarse” al otro, puede ser pan para hoy y nada para mañana. El beneficio mutuo es fuente de pan para mucho tiempo.

Hay pactos mezquinos. Pactos donde las partes se ofrecen lo menos posible. Por ejemplo un pacto de no agresión entre países, es una promesa de que no se van a atacar. También hay pactos de no agresión entre los vecinos: lo único que nos proponemos es no hacernos daño. Hay parejas que viven bajo un pacto semejante: lo único que te prometo es no agredirte.Estos pactos no dejan espacio a la posibilidad de construir. Todo lo que hacen es detener la destructividad y dejan vacante toda la fecundidad de que es capaz el ser humano. Son pactos en los cuales se procede “dando y dando” y por tanto tienen techo, son estériles.

En cambio hay pactos en los cuales priva la generosidad y en los cuales opera el dinamismo propio de su apertura a todo lo posible, lo cual no tiene límite. Son pactos diseñados para lograr la abundancia. La generosidad de las buenas madres no tiene límite. La dedicación de los buenos maestros no depende del monto de su giro mensual. La excelencia profesional no depende de los honorarios. La entrega al cultivo de lo bello, no depende de si el artista se siente o no se siente bien pagado.

Está bien eso de tener una noción de cuál es una retribución adecuada a los esfuerzos. Pero eso no debería impedir que cada quien, en uso de su libertad, decidiera excederse en lo que aporta.

Vivimos en un mercado que le pone precio al esfuerzo y es válido que tratemos de obtener la máxima retribución para ese esfuerzo, pero someter nuestra capacidad de dar, de producir, de innovar, a una relación aritmética, es ponerle un lastre al espíritu. Entregar con cuentagotas, es vivir en gotas y la vida no se puede economizar. Se acaba, tanto si la vivimos a gotas como si la vivimos a chorros.

Si lo que queremos es mantener bajo control los riesgos, hagamos contratos con mucha letra menuda. Pero esa letra menuda le cierra la puerta a lo posible, a lo afortunado que podría ocurrir. La naturaleza es generosa, redundante. Los árboles tienen muchísimas hojas, las fuentes muchísima agua, los cerebros muchísimas neuronas, el sol muchísima energía. Quizá nos haría bien vivir de manera más natural y menos contable. Más espontánea que programada. Más generosa que cicatera. Si unos son mezquinos con la música y otros son mezquinos con el baile, qué fiesta tan pobre tendremos.

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