Lo bueno de lo malo

Publicado en La Nación el 7 mayo, 2001
Categoría: Artículos
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Cuenta Russell Ackoff que en una universidad los estudiantes aceptaron con mucho regocijo la idea de que no se calificara con notas, sino que los cursos al final solamente fueran calificados como aprobado o aplazado… hasta que empezaron a hacerse preguntas tales como qué ocurriría si alguien quisiera trasladarse a otra universidad que sí tuviera un sistema de notas. No todo lo que a primera vista parece beneficioso, lo es.

Si todos los gatos vivieran en un entorno de abundancia de ratones, perderían agilidad. Supongo que la agilidad del gato viene en parte de que tienen que estar en una continua alerta para pescar lo que pasa por su territorio. Supongo también que los gatos callejeros –los así llamados gatos de callejón– viven esas carencias más intensamente y serán un poco más avezados en el arte de sobrevivir. En inglés se habla del gato gordo y feliz como paradigma de quienes por no tener que luchar, pierden adaptación a las circunstancias.

Leí que algún devastador incendio en el Parque Nacional de Yellowstone se debió a lo eficientes que fueron los guardaparques para evitar incendios. En efecto, todos los pequeños incendios que frecuentemente surgen en un bosque fueron rápidamente controlados, con lo cual la vegetación que crece bajo los árboles se fue haciendo más y más densa.

Hasta que con ocasión de una tormenta eléctrica, estalló un masivo incendio que se nutrió precisamente de la vegetación que no había sido controlada por otros incendios más pequeños.

Como si la naturaleza tuviera un secreto equilibrio y se vengara de las intervenciones humanas, aunque fueran hechas de muy buena fe.

Un cierto estrés para conservar el puesto nos vitaliza, nos hace más creativos, mantiene alerta nuestra iniciativa, nos anestesia con respecto a algunos inconvenientes que todo puesto tiene.

Si, como ocurre en algunas circunstancias, se nos garantizara la inamovilidad, seríamos como gatos gordos y felices que esperan que los ratones les caigan en la mano.

Un buen jefe no es aquel que es permisivo, a quien todo le da igual. En el mediano plazo a todos nos beneficia un jefe que exija permanentemente un buen desempeño. Así como recordamos toda la vida las exigencias de un curso difícil. Lo cual no dice nada en favor de los jefes dictatoriales ni de los profesores irrespetuosos.

Esto ocurre también a las empresas. La empresa que tiene una situación cómoda en el mercado tenderá a esforzarse menos, a servir menos esmeradamente a la clientela, a innovar menos sus productos. La competencia es una circunstancia que obliga a mantenerse alerta, por más que el sueño de la mayor parte de los empresarios sea vivir en un mundo en el que la competencia fuera débil o inexistente.

Algunos piensan que esto ocurre también en los países. Allí donde el invierno es crudo, la gente produce y guarda. En el trópico de la abundancia estas previsiones y esta disciplina salen sobrando, lo cual da espacio al florecimiento de la rumba, el mambo, la cumbia y el merengue, pero quizá a costa de la productividad, de la filosofía y del cultivo de la ciencia.

Les presentamos un trabajo a los amigos y les pedimos que nos den su opinión, con la secreta aspiración de que todos lo aplaudan.

Las críticas que nos hacen tienen un sabor distinto que los elogios. La verdad es que tienen mal sabor. Solo la madurez nos va enseñando que las críticas son una ocasión para mejorar lo que hemos hecho. Son como el ejercicio físico –si no duele, no es provechoso– o como se decía antes de las medicinas: debe ser muy buena porque sabe a rayos. Bienvenida la crítica. Bienvenida la crítica sana. Y que se mantenga lejos de nosotros la otra, la crítica destructiva.

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