El temor

Publicado en La Nación el 23 abril, 2001
Categoría: Artículos
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Algunas personas, promovidas a posiciones de jefatura, se proponen continuar siendo “uno más del grupo” al igual que lo fueron antes de la promoción. Unos meses después se van dando cuenta de que tal cosa es imposible. La posición de jefatura, por más madura y emprendedora que sea la persona que la ejerce, siempre es una relación asimétrica: tiene un arriba y un abajo. Y es que la jerarquía no es un invento de quienes organizan empresas, sino que es algo que primero existe en el interior de cada quien. Cuando nosotros vemos el mundo que nos rodea, lo veremos del color del cristal con que se mira. Lo que la rimita no nos dice es que también tenemos unos cristales interiores que condicionan la percepción que tenemos del mundo físico. Por ejemplo, a ningún niño es necesario enseñarle que hay un antes y un después, porque su mente espontáneamente percibe esas nociones. Su mente está organizada para que sin que se lo enseñemos, perciba que está inmerso en el tiempo. Lo mismo que no se nos enseña las nociones de cerca, lejos, arriba, abajo, porque nuestra mente no puede percibir de otra manera que espacialmente. De una forma igualmente natural percibimos la jerarquía: quién manda y quién obedece, quién tiene la autoridad, quién decide en última instancia. A diferencia de otros mamíferos, el infante humano depende durante mucho tiempo de sus padres para su supervivencia. Esa larga dependencia vital con respecto a nuestros mayores nos inclina a ver el mundo jerarquizado en función del poder. Es como si en la rudimentaria mente del niño un día hubiera experimentado su profunda dependencia y hubiera reconocido de ahí y para siempre que hay instancias en las cuales tiene poco o ningún control.

Como estamos muy conscientes de nuestra dependencia somos muy susceptibles al temor, lo cual ha sido explotado por padres, maestros, guías políticos y religiosos. Unos niños asustados, un grupo de estudiantes bajo la amenaza de un examen especialmente difícil, un pueblo atemorizado por el poder brutal o por el cuento que le logra meter una persona populista de que fuera de ella no hay salvación, son más dóciles, más arrebañados, más fáciles de controlar.

Cuando se lee a Deming, resulta muy llamativa la forma como se refiere al temor en las empresas: “La pérdida económica a causa del temor es aterradora… El miedo tiene un precio terriblemente alto. El miedo está en todas partes, despojando a la gente de su orgullo, hiriéndola, privándola de una oportunidad de contribuir a la compañía. Es increíble lo que sucede cuando la gente se libera de las garras del temor”.

Hay en las empresas personas que tienen temor de señalar los problemas, hay miedo de cuestionar o de sugerir cosas que pudieran incomodar a “los de arriba”, hay temor de confesar un error lo cual lleva frecuentemente a cometer encima del primero, el error de ocultarlo, con lo cual las cosas no se corrigen y a menudo se complican.

Si desterráramos el temor, la creatividad sería mayor, lo mismo que el disfrute del trabajo.

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