Somos como somos

Publicado en La Nación el 16 abril, 2001
Categoría: Artículos
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Vi una película cuyo nombre no recuerdo pero cuya trama consistía en que un hombre siendo chico había fallado en una jugada de beisbol, lo cual condujo a que no fuera una estrella de ese deporte como él quería. Años después, se le concede el deseo de volver a vivir aquél lejano momento juvenil, hacer la jugada con perfección y ver qué hubiera sido de su vida presente y futura.

Para empezar, cuando va por su coche lo que encuentra es un chofer con una limosina, quien lo conduce a una casa que no es su casa familiar sino a una ostentosa vivienda, donde lo espera una familia que no es la familia con la cual ha convivido hasta ahora. O sea, que se empieza a dar cuenta de las implicaciones de la conversión en éxito de su fracaso deportivo juvenil. Y esas nuevas circunstancias le resultan, unas agradables, como lo del chofer, la limosina y la mansión fastuosa, pero no la nueva esposa, ni la nueva familia ni el nuevo trabajo.

Con frecuencia tenemos la ilusión de que las circunstancias que nos rodean o que rodean a otros, son piezas de lego desmontables a placer. ¡Qué bonito tener la facilidad de palabra de fulanito, o la capacidad de decisión de fulanita!

Nuestros rasgos, nuestras circunstancias se han venido consolidando a lo largo del vivir. Son en muchos casos producto de nuestro paquete genético, del proceso de crianza y educación al que nos vimos sometidos y de las elecciones e intercambios vitales que hemos venido haciendo. Forman además un sistema lo cual significa que todos están relacionados con todos: un chico con miopía tiene más facilidad para ver lo que está cerca, sufre menos distracciones por lo que ocurre a su alrededor y tiene entonces más probabilidades de dedicarse a actividades relacionadas con la lectura y el estudio. La chica que es extrovertida, que hace amigos con facilidad, no debe extrañarse de que este rasgo la conduzca a la actividad de ventas, al ejercicio de la gerencia o al activismo político. También esa extroversión le hará más difícil mirar dentro de sí misma, manejar su stress o concentrarse con sosiego en producir frutos maduros del pensamiento. A pesar de nuestros deseos, no es posible convertirnos en un ornitorrinco humano quien tuviera la inteligencia de X, el vigor de Y, la simpatía de Z.

Somos como somos, lo cual no quiere decir que dejemos de admirar los rasgos que consideramos positivos en los demás o que dejemos de aspirar a mejorar los rasgos que consideramos indeseables en nosotros, pero se pierde mucha energía en llegar a ser, la cual sería mejor canalizarla a ir siendo. Nos pasamos estudiando muchos años, esperando llegar a un determinado estado para empezar a ser, sin darnos cuenta de que se puede ir siendo mientras se espera ser. Una estudiante de colegio que quiere estudiar ingeniería, sueña con lo que hará cuando sea ingeniera, pero nada le impide que vaya haciendo cosas como estudiante. El último de la jerarquía, espera un día llegar a ser el jefe y tiene una larga agenda de lo que hará entonces. Su puesto de ahora y el de los próximos diez años –hasta que llegue a ser jefe– serán una pausa, una espera de mal uso de tiempo y energía, a menos que tenga un conjunto de planes para ir desarrollando mientras llega a ser jefe.

Los retos que van apareciendo en nuestro trayecto, también son parte de nuestras circunstancias y, o los enfrentamos con nuestro particular conjunto de fortalezas o debilidades o los dejamos desvanecerse sin ningún resultado. Por eso no tiene sentido el desaliento que nos produce la consideración de cuán mejor dotados están otros para acometerlos. Yaveh le hizo un encargo de liderazgo a Moisés, a pesar de que tenía dificultades con el habla. El reto es personal, y no es posible, como en el beisbol, poner a batear a un bateador emergente. En nuestra vida ordinaria, cuando nos llega el turno al bate, no podemos renunciar a él.

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