Contribución

Publicado en La Nación el 9 abril, 2001
Categoría: Eficacia
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Los Zander, (The Art of Possibility), narran una historia muy llena de sentido. Una mujer camina por una extensa playa donde hay abundancia de estrellas de mar que han sido arrojadas por las olas la noche anterior. Dejadas ahí, morirán. Ella va pacientemente devolviendo al mar estrella por estrella. Un caminante que pasa a su lado le hace la reflexión pesimista sobre la poca utilidad que tiene ese esfuerzo puesto que la playa se extiende por kilómetros y el número de estrellas de mar puede llegar a muchos millares. Ella toma la próxima estrella, la lanza al mar y le dice al caminante: para esta estrella en particular, las cosas serán diferentes.

El perfeccionismo, la omnipotencia o el afán de encontrar soluciones integrales, muchas veces nos hacen no emprender una acción, en vista de que sus efectos son infinitamente pequeños. El perfeccionismo se olvida de que lo perfecto es enemigo de lo bueno. De que una acción imperfecta es superior a una que no se ha concretado. De que un dibujo hecho por un escolar es, de manera más plena, que la idea que tiene en su mente el artista consagrado, la cual todavía no es. Que ese canto mal entonado que canta el obrero de la construcción, lo expresa más a él, que todos los propósitos que alguien pueda tener por mejorar su forma de cantar. La omnipotencia es esa fantasía de que somos capaces de lo que no somos capaces. Es lo que hay detrás de afirmaciones como las de “si yo fuera Bush, le mandaría a decir a los chinos …” o “si yo fuera el Papa reescribiría tal o cual encíclica. ” O lo que hay detrás de muchos de los sueños que empiezan con la frase de “si yo de veras me lo propusiera … ” Y las soluciones integrales, hicieron su ingreso en el mundo en labios de tecnócratas, de políticos, de reformadores sociales para los cuales no vale la pena ir paso a paso, no vale la pena hacer ningún remiendo, porque lo que es necesario es resolver el asunto y todas sus conexiones de una vez por todas, aunque esa tarea sea tan compleja que requiera la aparición de un hombre nuevo el cual nunca llega .

El hacer de los seres humanos es precario, agónico, en el sentido original de la palabra, la cual significa lucha. Hacer es difícil. Todo lo importante que vamos haciendo nos cuesta un gran esfuerzo, de manera que si no acometemos los retos con realismo, pronto nos llenaremos de frustración. Y una forma de poner en práctica este realismo es dejar de evaluar nuestras acciones con los conceptos de éxito y fracaso y sustituirlos por el criterio más modesto de la contribución. En vez de juzgar si lo que hicimos fue exitoso o no para algún propósito, podríamos preguntarnos si lo que vamos a hacer o lo que hicimos, contribuye a ese propósito. Un ladrillo no es una construcción, pero un ladrillo tras otro, puestos perseverantemente sí construyen un edificio. Contribuir es arrimar el hombro. Pocas personas en la historia han tenido que echarse el mundo al hombro, ellas solas. Pero muchos de los problemas importantes para el futuro de la humanidad, no se podrán resolver si no arrimamos el hombro todos, si no encontramos nuestra forma de contribuir. Esa es la manera de lidiar con temas como los de pobreza, sostenibilidad del desarrollo, conservación de la biodiversidad, humanización de la ciencia y la tecnología.

En una campaña contra la basura los anuncios decían “Cualquier poquito hace daño”. Los conservacionistas han difundido la frase “Piense globalmente, accione localmente”. El desafío, para el cual se necesita más perseverancia que fuerza, es producir una diferencia en las cosas a partir de nuestra contribución pequeña, modesta, persistente. La playa de nuestras empresas, de nuestros hogares, de nuestro país está llena de estrellas de mar que no llegarán vivas al anochecer, a no ser que vayamos pacientemente devolviéndolas a la vida con nuestra contribución. La pregunta crucial no es ¿Cuánto queda por hacer? Si no… ¿Estoy contribuyendo a hacerlo?

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