Construir equipo

Publicado en La Nación el 2 abril, 2001
Categoría: Artículos
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¿Quién ganó el hermoso partido contra Trinidad y Tobago? ¿Los jugadores, el cuerpo técnico, el público? Lope de Vega nos sirve de respuesta: cuando el pueblo de Fuenteovejuna se levanta contra el despotismo del comendador y lo elimina, a la pregunta de los investigadores sobre quién mató al comendador, los interrogados responden a coro ¡Fuenteovejuna, señor!, y ¿quién es Fuenteovejuna?: todos a una.

Todavía es temprano en la eliminatoria como para sacar conclusiones, pero algo de lo más notorio en ese partido, fue la espontaneidad y la confianza con la cual se jugó. El fútbol, y la poesía, la investigación científica y la docencia, lo mismo que el ejercicio de la política o el de la gerencia, adquieren dimensiones impensadas cuando dejan de ser obligaciones que hay que cumplir o pasos preconcebidos que hay que seguir, y empiezan a ser una expresión de algo que pugna por realizarse. Los seres humanos estamos preñados de posibilidades que palpitan inquietas en espera de ser dadas a la luz.

Cierto que se recuerda muy bien a los anotadores de los goles, o al estadista que firmó tal ley o al gerente que concretó tal alianza, pero detrás de cada uno de esos momentos espectaculares, existe el trabajo callado, perseverante, oculto, de muchos que hacen posibles esos chispazos de acción. Para que alguien pueda desarrollar su espontaneidad adelante, se necesita que tenga confianza en las líneas de apoyo que son el soporte de toda vanguardia.

En un equipo –gabinete de gobierno, selección de fútbol, grupo de trabajo– se puede participar no solamente con ideas, con decisiones, con productos objetivos. También se puede participar alentando a quienes lo están haciendo bien; informando sobre lo que vemos que anda mal; socorriendo a la persona que falla; entusiasmando a quien flaquea; poniendo los conocimientos propios al servicio de los demás; haciendo preguntas en beneficio propio y muchas veces, en beneficio de los demás.

Algunas conductas funcionales no son tan obvias como las anteriores. Por ejemplo, ayudar a otros a expresarse eleva el nivel de participación. No se trata de que haya miembros que necesiten “traductor” o “intérprete” de lo que quieren decir, pero todos hemos observado participantes que tienen algo que decir y no lo dicen. Incluso, si observamos con perspicacia, podemos ver algunas personas que aspiran el aire requerido para decir algo, y luego abandonan el intento. Estos son buenos candidatos a que se les abra un espacio privilegiado para que digan lo que tienen entre pecho y espalda.

Existe también la persona de sentido “práctico”, quien después de un tiempo transcurrido entre conceptos, exclama “aterricemos”, y que lleva al equipo a poner los pies sobre la tierra, lo cual no significa que se abandone del todo el viaje conceptual . Los conceptos le dan sustento a la productividad de un equipo. El ejemplo, la anécdota, el dato, si no se engarzan con lo general, poco producen. Sin un sueño realizable, sin una visión, sin un sistema conceptual nos movemos en el nivel de la mejenga, el truquillo, la victoria pírrica, la apariencia y nunca en el nivel del cambio innovador, del éxito sostenible, del logro que hace una diferencia.

Esto suena como muy grave y lo es, pero que eso no nos oculte el valor que tiene para el trabajo de un equipo la nutrición amorosa de un clima agradable, donde haya confianza, donde todos se sientan acogidos. En esto no hay sustituto para el buen humor, de manera que siempre son valiosas la salida oportuna, la risa compartida, la jovialidad contagiosa, las cuales a más de ser manifestaciones de algo específicamente humano, nos hermanan en el disfrute. Que el trabajo no está reñido con el gozo, aunque sí con la gozadera.

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