Preguntas y respuestas

Publicado en La Nación el 26 febrero, 2001
Categoría: Educación
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Dice un autor que las preguntas son los actos creativos de la inteligencia. No todos podemos inventar algo, pero sí todos podemos hacer preguntas que se conviertan en palancas para hacer progresar el conocimiento que se tiene sobre algo. La pregunta es como una cuña que se hinca en esa pequeña apertura que vemos en la madera. De ahí en adelante de lo que se trata es de insistir en los golpes a la cuña para obtener la pieza que necesitamos.

La pregunta más potente es la pregunta ingenua, la que no está atada por la sabiduría convencional. Por eso son tan promisorias las preguntas que pertenecen a la familia “Qué pasaría si …”. Podría ser que los vehículos de levitación magnética surgieran como respuesta a la pregunta de qué pasaría si las ruedas del vehículo no hicieran contacto con el suelo.

Una pregunta puede ser tan valiosa como una respuesta cuando es auténtica, esto es, cuando tiene el ánimo de arañar para encontrar más saber. No es una pregunta auténtica aquella que se hace como exhibición de conocimiento. Como cuando alguien dice que hará una pregunta y repite un trozo de la conferencia. Al respecto he escuchado conferencistas con salero que en estas circunstancias, sólo responden “Sí”. Podría ser que los asistentes a la conferencia tengan cosas más importantes que decir que quien dicta la charla, pero el período de preguntas tiene por finalidad que el público interactúe con quien habló para ayudarlo a que aclare cosas que quedaron confusas o para que se lleve preguntas que luego enriquezcan su pensamiento.

También hay respuestas no auténticas. No es auténtica la respuesta nebulosa que se anda con rodeos para no confesar que no se conoce la respuesta. No solemos escuchar con frecuencia a un conferencista decir que no conoce una respuesta, aunque sí recuerdo a un profesor que 15 minutos antes del final dijo a sus alumnos: “Hasta aquí llega la clase, porque hasta aquí la preparé”.

No toda pregunta debe ser contestada. Hay quien lanza una pregunta interesante y se desatiende. Su finalidad era la pregunta, no la respuesta. Pero, además, es interesante la utilización de la no respuesta para desarrollar a quien pregunta. Conocí a un profesor que en todo el curso nunca contestó una sola pregunta. Siempre que preguntamos algo, contestó: “A ti ¿qué te parece?” Parece ser que de todo lo que somos capaces de preguntar tenemos una noción de la respuesta y a veces tenemos toda la respuesta, solo que no nos hemos abocado a formularla. La no respuesta y, sobre todo, la conminación a decir qué nos parece bueno como respuesta, es un incentivo para formularla. Educarse no es aprender respuestas sino aprender a encontrarlas.

La respuesta que nos cuesta encontrar permanece más tiempo y será más valorada. “Profe, quisiera que habláramos sobre el tema de incentivos ¿cuándo tiene tiempo? Y el profesor dice: “Anótese por ahí las cinco cosas que quiere saber sobre incentivos”.

El estudiante descartó las dos primeras preguntas por considerarlas demasiado generales: ¿Qué es un incentivo y cómo funciona? Y, para encontrar las cinco buenas preguntas, fue a la biblioteca y ojeó textos sobre incentivos. Obtuvo respuestas por sí mismo, porque en los textos usualmente no hay preguntas sino respuestas y nunca volvió a concretar la cita con su profesor… pero aprendió mucho sobre incentivos.

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