El componente femenino

Publicado en La Nación el 12 febrero, 2001
Categoría: Artículos
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Me gusta mucho que en los grupos de ejecutivos con los cuales trabajo haya mujeres, no solo por el toque femenino, el cual me complace desde mis resortes más primitivos, sino también por el componente femenino. El toque es accesorio. El componente, es esencial.

Hoy en día está bastante aceptado que tenemos dos cerebros, uno izquierdo para sumar y restar, elaborar estrategias, aprender cálculo diferencial y otro derecho para entender una pintura, para disfrutar la música, para percibir el espacio y el mensaje que nos da un recinto. Ambos cerebros están unidos por un gran conjunto de fibras nerviosas conocido como el cuerpo calloso. La conexión entre ambos cerebros garantiza que sea posible realizar simultáneamente funciones con ambos lados del cerebro. Podemos escuchar música y conciliar la cuenta corriente, podemos repasar una lección de inglés e ir pintando un cuadro. Según informaciones que he visto, ese conjunto de fibras es más robusto en el cerebro femenino que en el masculino, lo cual a juicio de algunos autores hace que la mujer pueda tener una visión más amplia mientras va elaborando sus acciones específicas, lo cual en materia gerencial implica que la táctica o el movimiento específico no la hacen perder contacto con la estrategia . Creo que esto es la causa de la forma singular y diferente a la de los varones, en que trabajan las mujeres. Claro que hay excepciones, en ambos géneros, pero el trabajo de la mujer es más ordenado, más concentrado, más silencioso, yo diría que más efectivo.

Sin duda en todo esto entran en juego otros elementos. La mujer es más paciente para enfrentarse a retos difíciles. Los hombres nos sentimos heridos en nuestro amor propio cuando no podemos resolver algo. Estamos culturalmente condicionados a ser fuertes y omnipotentes y cuando algo se nos pone cuesta arriba nos frustramos más prontamente. Las mujeres también se frustran, pero su frustración no lleva tan rápidamente a comportamientos destructivos como la masculina. El varón fácilmente sigue el camino de la ira y de las palabrotas. En esto es bastante esclavo de la testosterona, a la cual puede atribuirse la impetuosidad, la irascibilidad, la audacia .

Los educadores conocen de la tendencia de las mujeres a no exhibir innecesariamente su talento en los grupos mixtos. Por eso hasta se piensa en la conveniencia de grupos exclusivamente femeninos. Más o menos el condicionamiento cultural prevaleciente anda alrededor de que los hombres no toleran ser superados por las mujeres, ni en el colegio, ni en la oficina, ni en la casa. Las mujeres, por años han sabido incorporar como comportamiento una discreta forma de no hacer resaltar sus puntos fuertes y le dejan el campo libre al varón, quien sí utiliza al igual que el pavorreal, toda la majestuosidad de su cola o de sus puntos fuertes, incluso como una forma de cortejo.

Esto, en las reuniones de ejecutivos, hace que sea necesario que quienes conducen esas reuniones estén muy atentos a invitar a las mujeres a dar ideas y opiniones porque de otra manera se las guardan para sí. Y algo más grave aún, como se desprende de esta anécdota. Hace años formábamos parte de un grupo de entrenamiento en trabajo en equipo un conjunto de hombres y unas pocas mujeres. En un determinado ejercicio, de pronto el coordinador subrayó una idea externada por uno de los varones: Esto sí que es una buena solución. A mi lado, una dama estalló: Yo he dado esa idea dos veces durante las dos horas que hemos estado aquí. Por qué a él si se la escucharon y a mí no.

Fue un gran aprendizaje. No sólamente las mujeres tienden a no competir por el uso de la palabra y se cuidan de no mostrar sus ventajas con respecto a los varones, sino que a veces plantean cosas que los varones no escuchamos, ensordecidos por el ritual de combate en que muchas veces convertimos nuestras reuniones de trabajo, lo cual está muy mal, como siempre que los tambores opacan a los violines.

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