La búsqueda

Publicado en La Nación el 18 diciembre, 2000
Categoría: Artículos
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Un estudiante se sienta hoy frente a la computadora a hacer lo que antes íbamos a hacer a la biblioteca. Antes, decíamos que buscábamos datos para una tarea. Hoy buscan información para una asignación. Antes y ahora la apariencia externa de la búsqueda, de cualquier búsqueda,es ceño fruncido, hombros elevados, espalda tensa, pocos movimientos de los brazos,glúteos al borde de la silla y ruidos bucales producidos por la aspiración corta eintensa de aire entre los dientes y la lengua, los cuales semejan al que hacemos cuando estamos comiendo caña de azúcar.A muchas personas, buscar les causa ansiedad. En cambio, encontrar siempre causa alegría. Toda la tensión del buscar se relaja en el momento de encontrar. Ahora el rostro está radiante. Nos sobra energía como para llamar la atención de quienes nos acompañan. Resoplamos como si hubiéramos estado soportando una carga física pesada e internamente no sólo nos congratulamos sino que nos damos nuestro masajito al ego: qué listos somos, qué diligentes, qué perseverantes, en suma, “qué galletas”.

Investigar es un camino arduo cuando de veras se investiga. Cuando de lo que se trata es de recoger una información que está ahí sólo esperando a que alguien llegue por ella, no es tan arduo. Tampoco lo es resobar datos con lápiz y papel o con las funciones estadísticas de una hoja electrónica. Pero buscar la confirmación de un barrunto o un camino sin que existan pistas, eso sí que demanda una actitud singular. Mucho del trabajo que se hace en las empresas es de investigación. En muchas no se le llama así porque setiene el estereotipo de que la investigación es algo que hacen en salas llenas de retortas y alambiques unas personas en gabachas blancas quienes la mitad de los términos que utilizan son casi en griego o en latín. Investigar es ir un poco a tientas, que literalmente es valerse del tacto para reconocer las cosas en la oscuridad. Eso produce en algunos inseguridad, genera cautela, despierta la urgencia de encontrar.

Me gusta repetir una anécdota que escuché hace tiempo. A un grupo de científicos se les asignó un presupuesto para buscar una cura contra una enfermedad de esas que se niegan a rendirse. Después de un tiempo de trabajo tenían que presentar su informe y en vez de reportar que no habían encontrado la cura dijeron que aunque no la habían encontrado, habían obtenido el valioso resultado de saber con claridad, cuáles diez caminos no conducían a esa cura. Tan importante como encontrar una respuesta es saber cuáles vías no conducen a ella. Cuando los estudiantes trabajan en su tesis, hacen una afirmación provisional la cual tratan de confirmar con su investigación. Siempre me llama la atención ver el desaliento con el cual afirman que la información obtenida no confirma la afirmación, resistiéndose a aceptar que su desconfirmación es igualmente valiosa desde el punto de vista del método científico. Alguien decía de manera jocosa que cuando algo se extravía, siempre se encuentra en el último lugar en que uno la busca, lo cual es cierto. Es la misma lógica con la cual se responde la pregunta de a cuál vuelta se echa el perro: a la última, claro.Pues cuando buscamos un llavero extraviado lo mejor es hacerlo de manera ordenada y señalar los varios lugares en que podríamos haberlo dejado. Entonces cuando vamos verificando lugar por lugar, cada vez que no lo encontramos en el sitio posible, logramos algo: hemos reducido el tamaño del problema. Si no lo encontramos en el primero de cinco sitios posibles, la búsqueda se ha reducido ahora a cuatro.

Se busca durante un lapso. Se encuentra en un instante. Se escala por horas, se arriba en un instante. Se viaja kilómetros, se llega en un punto. Pasamos más tiempo buscando que encontrando, escalando que coronando, viajando que llegando. Si aprendiéramos a disfrutar de la búsqueda, del viaje, de la escalada,podríamos ampliar a grandes tramos de nuestras vidas la intensa alegría de encontrar, de llegar, de culminar.

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