Lo que hay

Publicado en La Nación el 30 octubre, 2000
Categoría: Desarrollo
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Muchas personas se quejan de que sus jefes nunca los elogian lo cual les hace pensar que nunca observan los resultados positivos de su trabajo. En cambio, dicen, cuando algo sale mal, ahí están muy atentos para señalar la falla. Cuando los jefes escuchan esas quejas, algunos dan como explicación su creencia de que los buenos resultados son lo normal, lo esperado y que en consecuencia no merecen elogios y que en cambio los errores, los fallos, son brechas con respecto a lo normal y que como tales deben dar lugar a la amonestación .

Como la vida es tan sabia, imagino que nuestra manera de percibir es por excepción. Cuando vemos las casas del barrio no vamos haciendo un inventario de los mil detalles que forman la imagen visual que tenemos de ellas. Pero si alguna cambió de color o renovó su fachada, lo notamos de inmediato. Percibimos siguiendo un procedimiento económico, el cual permitiría recoger el máximo de información significativa, con el mínimo costo neuronal. Por eso es que nadie nos saluda por la mañana y nos dice “Buenos días. Veo que tienes bien puestos todos los botones de tu camisa” y en contraste, cuando se nos cae un botón, todas las personas a quienes nos vamos acercando durante el día nos lo hacen notar. Eso, o la manchita de salsa de tomate de los spaghetti del almuerzo, o la línea involuntaria que dejó el bolígrafo al intentar ponerlo en el bolsillo de la camisa sin retraer el extremo portador de la bolita.

Al formular estrategias de empresas es importante hacer un inventario de las fortalezas y de las debilidades porque las unas nos permiten acometer cosas y las otras nos llaman a la prudencia para no “meternos en camisa de once varas”. Sin embargo, de manera semejante a como percibimos lo que está fuera, percibimos lo que está dentro y así tenemos una “visión” selectiva para darnos cuenta preferentemente de lo que no tenemos, de lo que nos falta, de lo que constituyen nuestras debilidades. Esa forma de percibir hace que las personas tengan mucha dificultad para decir para qué son buenas, para qué sirven, qué es lo que saben hacer con soltura. Dificultad que se ve reforzada por un cierto recato que se nos inculca desde muy temprano para no andar pregonando lo que vemos fuerte, bueno, desarrollado en nosotros.

Hay una cancioncita que tiene una frase que traducida da lugar a interesantes meditaciones: contemos nuestros dones en vez de contar ovejas. Recordemos que un don es algo que se ha recibido gratuitamente, una gracia especial o habilidad para hacer una cosa . Tal vez el consejo no sea lo mejor para conciliar el sueño, pero sí sería un tónico para nuestra autoestima y para nuestra alegría de vivir, el hacer desfilar ante los ojos de la mente nuestras fortalezas. Cancioncita aparte, Peter Drucker ha escrito este año un libro sobre cómo gerenciarse a sí mismo y una de las cosas que dice es que hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo a tratar de corregir nuestras deficiencias. En cambio recomienda dedicar esa energía a elegir en qué cosas podríamos emprender, a partir de las habilidades o gustos que tenemos. Ya años antes había señalado con respecto a las estrategias de las empresas que sólo se construye sobre las fortalezas .

Me gusta hacer en las empresas una analogía sobre la medicina de adultos y la pediatría. El médico está entrenado para señalar y explicar las desviaciones de nuestro estado de salud con respecto a lo que es un adulto saludable. En contraste, al pediatra nunca lo olvidamos por la forma optimista en que nos iba haciendo ver el peso y la estatura que ganaba el bebé, la prontitud de sus reflejos, lo bien que sostenía su cabecita, la fuerza de su reflejo prensil. Un inventario optimista de nuestras habilidades, de nuestras fortalezas y de todos los otros dones, podría llevarnos, como recomienda Drucker, a construir sobre ellos y no a lamentarnos por lo que no tenemos o lo que no somos.

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