Reciprocidad

Publicado en La Nación el 23 octubre, 2000
Categoría: Artículos
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Algunas cosas están muy claras sobre el trabajo en equipo. No se puede trabajar en equipo a menos que exista un grado de confianza aceptable entre los participantes. Esa confianza, no es la posibilidad de irse de fiesta juntos, ni la frecuencia con la cual unos van a comer a las casas de los otros. La confianza es más bien la creencia de que los demás van a reciprocar lo positivo que hacemos: que si damos ayuda, eventualmente recibiremos ayuda, que si nos esforzamos extraordinariamente, los demás, en su momento, también lo harán . “Dando y dando” decíamos cuando éramos niños y estábamos disputando objetos que nos habíamos sustraído mutuamente. “Dando y dando” decimos como adultos cuando en un negocio tenemos que dar y recibir y tenemos temor de dar y no recibir. La confianza consiste en estar dispuesto a dar, en la creencia de que se va a recibir . Con un desconocido, utilizo el “dando y dando”. Con un amigo, no.

Construir una comunidad -un país por ejemplo- es mucho más complejo que construir un equipo. Pero si sabemos que en un equipo es indispensable la confianza, podríamos pensar que en un país es destructiva la desconfianza mutua . El temor, las rejas, los guardas privados, el armarse, son signos de desconfianza mutua y precursores del aflojamiento de los lazos de comunidad . ø Cómo vamos a ser solidarios si no confiamos los unos en los otros ? ø Cómo vamos a apoyar causas comunes necesarias para el país, si no tenemos la noción de pertenecer a un cuerpo común ?

El equipo de trabajo se robustece con el paso del tiempo y según se van acumulando en la memoria grupal episodios en los cuales intervenciones pequeñas de alguno han producido resultados amplios para todos, o episodios en los cuales nos vamos dando cuenta de que nos estamos alejando del “cada uno para su saco” y acercando al “uno para todos y todos para uno” de los Tres Mosqueteros. Así el espíritu de trabajo en equipo no se decreta sino que se va construyendo.

Los valores son nociones de lo que es deseable. En un equipo consideramos que el respeto mutuo y la colaboración son prácticas deseables. Esos son por tanto dos valores que ayudan a profundizar el espíritu de equipo. Pero los valores tienen que traducirse en acciones. Colgar de la pared un cartelito que diga que es deseable la colaboración, no nos moverá ni un centímetro hacia el mejoramiento. Tampoco la disposición de la voluntad a colaborar nos mejora. Lo que nos mejora como equipo es la frecuencia con que hayamos pospuesto nuestro interés individual, nuestro capricho, nuestro gusto, nuestra convicción aparente, para explorar caminos que son del interés, del gusto o de la convicción del equipo.

El tejido del que están hechas las comunidades se pone a prueba de tiempo en tiempo ante asuntos de gran magnitud. La gente se vuelca a dar ayuda a quienes resultaron perjudicados por las inundaciones. Los habitantes de un pueblo generosamente asisten a quienes fueron víctimas de un incendio. No encontrar esas manifestaciones en una comunidad sería prueba suficiente de que ha dejado de operar como tal.

Nuestras rutas urbanas, a las horas pico, sirven para hacer una lectura de nuestro espíritu de comunidad, de nuestra solidaridad. Vemos a menudo el “cada uno para su saco” o el sálvese quien pueda, en la forma de bloqueo de las bocacalles perpendiculares a una ruta: para avanzar tres metros en una avenida, se bloquea el flujo de automóviles que viajan sobre la calle. Vemos también la solidaridad y la colaboración cuando alguien cede el paso a quien está en uno de esos puntos desde los cuales no se puede avanzar a no ser que alguien se apiade . Se puede construir comunidad en las calles. La solidaridad puede dejar de ser un valor para hablar de él y convertirse en acciones visibles. Y la solidaridad, practicada sin mirar con quién, podría conducir a la reciprocidad.

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