Los inconformes

Publicado en La Nación el 2 octubre, 2000
Categoría: Artículos
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A propósito de un viejo artículo de Zaleznik, un psicólogo de Harvard, podríamos hacer una defensa de los inconformes. Es muy agradable encontrarse con quienes tienen una gran capacidad para estar de acuerdo. Lo que les contamos les parece bien, nos alientan en nuestros proyectos. Son esas personas con las cuales es agradable hacer un viaje hasta en un vehículo incómodo. Zaleznik dice que hay personas para quienes el ajuste a la vida ha sido claro, sencillo y cuyas vidas han sido más o menos un fluir apacible desde el momento de sus nacimientos. Si nos imaginamos geométricamente su trayectoria, la vemos como una de esas curvas suaves, sin discontinuidades, a lo largo de las cuales la vista pasea sosegadamente: terminaron graduándose en la carrera en la que se matricularon originalmente; tienen un currículum en el cual aparecen largos años de servicio en cada una de las pocas empresas en las que han trabajado. A eso le deben, según Zaleznik, el sentimiento de sentirse como en casa y en armonía con su entorno. Esos podrían ser quienes tienen una gran inclinación a estar de acuerdo y a ser llevaderos.

En cambio, otras vidas son como curvas discontinuas. Suben abruptamente, hacen una inflexión y se desploman hacia abajo, para luego vibrar en un vaivén y volver a subir. Varias carreras universitarias sin concluir. Muchos proyectos empresariales; unas pocas estadas en puestos remunerados; algún viaje de trabajo fuera del país. Dice Zaleznick que esas vidas están marcadas por una lucha continua para alcanzar algún sentido de orden, porque espontáneamente la trayectoria de sus vidas no se caracteriza por la suavidad y la armonía. Eso las hace tener más o menos permanentemente un sentimiento de profunda separación con respecto a lo que las rodea. De hecho, en algunos programas de fomento de la creatividad, sugieren mirar las cosas desde donde nunca las miramos: acostados en el piso, o colocados cabeza abajo o mirándolas sin mirarlas como por ejemplo con los ojos vendados.

Vistos los dos modelos, nos sentimos inclinados a preferir el primero sobre el segundo. Pero Zaleznik plantea una posibilidad llamativa, y es la de que esa sensación de separación, como de sentirse ajeno al mundo que las rodea, hace a las personas del segundo modelo más inclinadas a buscar oportunidades de cambiar las cosas . Esta inclinación, podría traducirse en un comportamiento emprendedor; podría ser la inquietud que caracteriza a los inventores. Si vivimos totalmente cómodos con el mundo que nos rodea, no tendremos energía para promover cambios. Seguramente que Adán, antes del incidente aquél, no tenía necesidad de cambiar nada puesto que estaba totalmente a gusto con lo que lo rodeaba. En cuanto tuvo que trabajar con el sudor de su frente, seguramente empezó a inventar herramientas.

El inventor, el emprendedor, el creador, responden más bien a aquella linda frase que dice “Hay gentes que miran el mundo y se preguntan por qué. Otros lo miran y se preguntan por qué no ?”. Querer saber cómo son las cosas es importante, pero querer saber cómo podrían ser, da pie al descontento creativo, del cual surge la creatividad. Una buena regla para todos los que quieran tentar su espíritu emprendedor, sería preguntarse frecuentemente y ante los múltiples sucesos que enfrentamos cada día, cuáles necesidades hay de las que no nos damos cuenta y cuáles productos ya instalados en el medio podrían ser superados. Antes de que alguien concibiera el servicio express, todos estábamos muy conformes viajando al restaurant. En tanto en medios muy competidos, algunos hasta experimentan con el servicio psicoterapéutico express: un vehículo, con psicólogo incluido, que recoge al cliente en su oficina al final del día y lo deja en su casa una hora y cien dólares más tarde…; y, la verdad sea dicha, con un poco más de conocimiento de sí mismo.

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