La vieja del archivo

Publicado en La Nación el 11 septiembre, 2000
Categoría: Artículos
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Don Guillermo Malavassi nos ha recordado en un artículo reciente en este periódico, el afán que los chiquillos de entonces poníamos en ser de utilidad a los mayores, mediante lo que denominábamos “mandados”.

Había unos encargos que tenían buena imagen. Otros no la tenían tan buena y eran desagradables. Entonces los amigos nos veían marchar a realizarlos y hacían bromas y burlas a las que siempre se contestaba diciendo que “todo trabajo es honra”.

Nuestro yo se manifiesta en parte en lo que hacemos, en lo que pensamos, en lo que decimos. El valor social de lo que tengo dentro de mí, si no se expresa, no existe.

Por tanto el trabajo no solamente es una forma de intercambiar esfuerzos y recursos con el entorno, sino también de que nuestro yo quede presente en la acción, o en la obra que con el trabajo se realiza.

Queremos trascender, perdurar durante más tiempo, tener mucho mayor significado. Sin el trabajo, nuestro paso por el mundo no dejaría huella. De una cierta forma, todos tenemos, afortunadamente en pequeñas dosis, el afán de trascender de los faraones edificadores de pirámides.

El trabajo constituye algo así como un diálogo con las circunstancias, del cual va quedando el testimonio concreto en lo que produjimos o en las consecuencias de lo que hicimos.

Si minusvaloramos el trabajo que hacemos, de una cierta manera, estamos dejando de tener un disfrute y estamos deteriorando nuestra autoestima.

Si se considera que lo que hacemos es degradante, in.til, poco valioso, al hacerlo obtendremos de regreso una realimentación que nos erosiona.

En cambio el reconocimiento que hacemos de la importancia de nuestro trabajo, da pie a que nos miremos como personas valiosas y esto nos da una satisfacción que tenemos que sumarla a la satisfacción que nos da la remuneración, y que además no se gasta porque con ella no tenemos que pagar las cuentas.

En un mundo donde las acciones se han ido complicando. Donde no podríamos ni hacer una pintura escolar sin contar con otros que han hecho posible el papel, el lápiz, las pinturas, tenemos que aprender a reconocer lo microscópico de nuestra contribución, pero también lo indispensable de ella.

Sin la energía y el tiempo de quien hace esa pintura simple, elemental, no pasaríamos nunca de los materiales al cuadro, y entre materiales y cuadro hay una distancia esencial.

Hace tiempo estaba conduciendo un programa de desarrollo de ejecutivos, hablando de estos temas, cuando una señora exclamó: “Ahora sí que me aportó usted algo valioso”.

Todos concentramos nuestra atención en ella y continuó: “Hasta ahora yo era la vieja del archivo. Y ahora me doy cuenta de que lo que hago es custodiar el patrimonio documental de esta empresa”.

No podía tener más razón. Una cosa es tener que ordenar papeles, ponerlos en carpetas, poner las carpetas en archivos.

Y otra es manejar los documentos de manera que se señale su diversa importancia, que se conserven, que se los pueda encontrar con facilidad.

Una cosa es hacer un gallo pinto a regañadientes y otra es alimentar a una familia. Reparar una máquina es mucho menos que restaurar el proceso que la máquina estropeada interrumpió.

Una cosa es dar una clase, otra invitar a los estudiantes a asomarse a algo que les conviene saber.

Atender a cincuenta personas que pasan por nuestro mostrador, es distinto a poner la capacidad de resolución de problemas de la empresa al servicio de las necesidades de los clientes.

Cuando logramos ver esta dimensión vertical de nuestro trabajo, cuando no sólo vemos su ancho y su largo sino que vemos su altura y entonces la superficie plana, chata, se nos convierte en un volumen, nos sentimos más inclinados a hacerlo con mayor esmero, a descubrir lo que de bondad, de belleza y de verdad hay en él.

Entonces entendemos la diferencia que hay entre la eficiencia y la ejecución amorosa del trabajo.

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