Apropiarse de los encargos

Publicado en La Nación el 10 julio, 2000
Categoría: Contribución
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Si preguntáramos a quienes están haciendo algún trabajo, sobre la razón por la cual lo están haciendo, con mucha frecuencia obtendríamos la respuesta de que lo están haciendo porque se los han mandado. El entusiasmo para hacer “lo que me mandaron” es menos intenso que el entusiasmo por los asuntos que consideramos propios.

Sería deseable que la vinculación con nuestra acción fuera tan intensa, que cuando nos preguntaran por qué lo hacemos, no entendiéramos la pregunta, de tan identificados que estamos con lo que hacemos. Si a quien mira con deleite un paisaje, o a quien ejecuta un instrumento musical les preguntáramos por qué lo están haciendo, podrían respondernos que no se daba cuenta de que lo hacían. Simplemente lo estaba haciendo.

Se puede encontrar, en la misma comunidad, en la misma empresa y en la misma profesión, distintas respuestas a la pregunta sobre por qué y con cuánto entusiasmo trabajo. A eso podríamos denominarle la ética del trabajo. Hay personas que consideran su actividad como un servicio. Entonces no tienen un rigor extremo sobre el horario ni miden con cuentagotas el esfuerzo que ponen. Algunas lo consideran un medio para ganar su ingreso y entonces hacen lo mínimo necesario para no ser despedidos. En esto reside la diferencia entre formar parte de una empresa y “tener una chamba”.

Se dice que a los soldados se les convence o se les lava el cerebro para que consideren instintivamente que el enemigo es el mal . Con eso se busca que a la hora de la acción y del peligro, no haya que estar convenciendo a nadie de que hay que combatir a pesar del riesgo de la propia vida. No querríamos lavados de cerebro en las empresas, sino que se señala el hecho para hacer la diferencia entre la disposición de quien está convencido de su obligación de accionar, y la vinculación al trabajo de quienes se excusan de asistir sólo porque tienen un poco de gripe.

La guerra es una situación de crisis. Las urgencias que plantea, lo definitivo de sus resultados, la convicción de la justicia de combatir al enemigo, hacen que el combatiente se “apropie” de su tarea.

La competencia intensa, que hace peligrar la supervivencia de las empresas y la estabilidad de los puestos, también es una situación de crisis, y se podría pensar que vaya conduciendo a que más trabajadores se “apropien” de sus obligaciones por instinto de supervivencia.

Pero hay otras opciones superiores. La madre hace lo que tiene que hacer por el bebé porque el bebé “es suyo” y más que eso, porque de una cierta manera el bebé “es ella”. El artesano, el pequeño empresario, trabajan con una entrega intensa porque el asunto que los ocupa es “de ellos”, y porque quizá, vean el trabajo como si el trabajo y ellos fueran una misma cosa (“¡Qué sería de mí si no fuera ebanista!”).

La cadena de razonamiento que lleva a las personas a apropiarse de los asuntos tiene varios eslabones . Veamos ésta bastante instintiva: “Mi seguridad económica depende del éxito de la empresa. El objetivo X constituye éxito para la empresa. Yo puedo contribuir con mi acción a ese objetivo. Acciono porque así mejoro mi seguridad económica”.

Una cadena más corta, y de mayor calidad, sería la siguiente: “Mi realización está en hacer bien lo que hago. Tengo este encargo. Voy a hacerlo bien”. Y una más solidaria: “Esta empresa es beneficiosa para mí y para muchos. Con mi acción contribuyo a su éxito. Voy a hacerlo bien”.

Como se ve, se puede ir escalando en la calidad de la ética del trabajo, lo cual constituye desarrollo en el ser humano: el hombre se eleva con el nivel de sus motivaciones. Pero esto no debe interpretarse como que hay que ser insensible a los propios intereses básicos. Sería una ética deficiente la de aquéllos que por pura abnegación perjudicaran el ingreso de su familia. La regla debería ser, trabajar con el mayor esmero -como si la empresa fuera mía- y buscar el mayor ingreso, que éste sí que es mío … bueno, hasta que en mi casa me dicen cuáles planes tienen al respecto.

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