La herramienta

Publicado en La Nación el 3 julio, 2000
Categoría: Artículos
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Los zoólogos se sorprenden de ver un mono servirse de un palo para alcanzar un banano. Y tienen razón. El ejercicio de inteligencia que hay que realizar para convertir un palo en un instrumento es admirable.

Primero, debe existir el propósito, después debe existir la convicción de que se puede alcanzar ese propósito y finalmente hay que convertir esa convicción en acciones. El ser humano ha utilizado herramientas por millares de años. Con ello, ha aumentado las posibilidades de su cuerpo. El martillo por ejemplo, equivale a tener puños de acero. El bisturí alarga los dedos del cirujano para que lleguen a donde deben llegar. Actualmente está empezando a aumentar las posibilidades de su inteligencia con estas herramientas informáticas que tanto nos deslumbran. Una hoja electrónica amplifica enormemente nuestra capacidad de manejo de información cuantitativa. Un disquete es una extensión amplísima de nuestra memoria.

El artesano siempre ha tenido gran cuidado y afecto por sus herramientas. Los padres de familia las guardan con cuidado y van permitiendo su uso por parte de sus hijos, con una cierta gradualidad. Inconscientemente sentimos que la herramienta nos aumenta la capacidad y de una cierta manera la reverenciamos. Alfredo Di Stéfano, estrella deportiva de los años cincuenta, tiene en los jardines de su casa en Madrid un monumento a la pelota de futbol con una placa enternecedora “¡Gracias, vieja! “. No se trata de su herramienta, pero sí del instrumento que hizo posible su vida profesional.

Las herramientas hablan de sus usuarios. Hay herramientas bien cuidadas y las hay descuidadas. Hay herramientas que se han quedado nuevas en sus cajas y otras que muestran la intensidad del trabajo. En la Iglesia de Orosi, en un elemental museo que hubo ahí, vi un mazo con una pronunciada rebaba, la cual hablaba a voces del trabajo esforzado, tesonero del hermano franciscano que la habría utilizado por años. Conocí una empresa en la que, si alguien dejaba descubierta por la noche una máquina de escribir, un jefe muy responsable le dejaba un papel para recordarle el cuidado que se le debía al equipo.

La víspera de entrar a clases, cuando los útiles están a la espera de los niños bulliciosos que los llevarán mañana a su trabajo, siempre he sentido la necesidad de que hubiera una ceremonia semejante a la de la vela de las armas de los antiguos caballeros. La víspera de ser consagrado miembro de una orden de caballería, el candidato velaba las armas, en una ceremonia un tanto castrense y un tanto religiosa. Es la noche de los sueños y la noche del compromiso. Las armas para el caballero, como los cuadernos para el niño, como la computadora para quien escribe, son los medios a través de los cuales la capacidad se ensancha para acometer el reto del trabajo.

El trabajo es un diálogo con las cosas: el hortelano dialoga con la tierra, el mecánico con tornillos, poleas y palancas, el maestro dialoga con el alma tierna de sus estudiantes. La herramienta -la pala, la llave, el libro- son medios para sostener ese diálogo.

Podemos ver el trabajo como una pena que hay que cumplir, o lo podemos ver como fuente de expresión personal, como un medio para desarrollarse mediante el permanente reto de lo nuevo y lo difícil , como la fuente de ingresos que hace posible el sostenernos a nosotros mismos y a nuestros dependientes, y como el medio de prestar un servicio útil y de esta manera contribuir al bien común. Visto de esta manera, tanto los actos del trabajo como las herramientas con las cuales lo realizamos, escapan de la trivialidad y penetran en lo trascendente.

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