Etiquetas

Publicado en La Nación el 15 mayo, 2000
Categoría: Desarrollo
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Llamamos etiquetas a los juicios más o menos invariables sobre una persona: fulanito es muy descuidado; fulanito no tiene buen modo con los clientes. Estas expresiones, de alguna forma son profecías que se ven cumplidas debido al poder negativo que encierran.

Cuando muchas personas comparten la etiqueta, a fulanito le resultará tremendamente difícil sacudirse de lo que la etiqueta dice. Alguna gente dice que uno se ata con lo que afirma de sí mismo: cuando alguien dice que tiene mal genio, queda predispuesto a tenerlo; cuando alguien dice que no sirve para algo, se ha mutilado a sí mismo.

En la dirección opuesta, también se puede afirmar que las buenas expectativas que tenemos sobre los demás, los ponen en camino de hacer esfuerzos por hacerse merecedores de ellas. Es lo que se denomina el efecto Pigmalión.

Recordemos la historia. Pigmalión era un escultor muy esmerado en su trabajo. Estaba trabajando en la escultura de un cuerpo de mujer, y había puesto tantas expectativas en lograr hacerla tan realista, que se esforzaba en los menores detalles, le ponía el mayor cariño a su trabajo, le dedicaba incontables horas.

Un día, después de muchas horas de trabajo, ilusionado por cumplir sus expectativas de artista, llegó al taller y no encontró la escultura en su sitio. Buscó por todo el taller y sólo encontró el velo con el que cubría la escultura, a los pies de una bellísima mujer, igual a la que él veía en sus sueños de artista. Las expectativas del escultor se hicieron realidad. (Un comentario cínico que leí, iba más o menos en esta dirección: “Pobre Pigmalión. Perdió la escultura y a cambio tuvo que cargar con una mujer”. Seguramente el cínico había tenido mala suerte o desconocía el valor de tener con quien compartir el pan, que eso significa la palabra “compañía”).

Se han reportado algunos experimentos cuya interpretación permite ver el efecto Pigmalión en funcionamiento. Por ejemplo, se han tomado vendedores de bajo rendimiento y se les ha dicho que según un análisis que se ha hecho, ellos son quienes tienen mejores condiciones personales para vender un determinado producto a un determinado segmento de clientes. Desde luego, no existe tal análisis ni tal verificación de condiciones personales. Pues bien, esos vendedores impulsados por la expectativa positiva que el experimento implica, aumentan su rendimiento y se acercan a las expectativas.

El experimento tiene un contenido manipulativo que disgusta. Hay un engaño o al menos un hacer pasar por verdad algo que no lo es. Pero pienso que iguales resultados podríamos obtener si adquiriéramos la conciencia de que frecuentemente, todos somos capaces de un desempeño mayor que el que hemos mostrado. Cuando esa conciencia se deja ver en nuestra confianza en la capacidad del otro -colaborador, alumno, hijo- está puesto el escenario para que ese otro aumente su desempeño.

Una buena práctica es partir de los puntos fuertes de las personas -y creo que de las empresas y de los países- y apostar a que como dice el dicho anglosajón, lo mejor está todavía por venir. Y dejar de enfatizar en para qué no sirve la gente, en cuáles son sus limitaciones y debilidades.

Esta práctica está ahora recomendada por tratadistas del fuste de Drucker o por investigaciones tan cuidadosas como un estudio reciente realizado con la colaboración de la organización Gallup (“First break all the rules”, por Buckingham y Coffman).

Padres, maestros, jefes, deténganse cuando van a decir para qué no sirve una persona. Eso la limitará. Eso la predispondrá. En cambio, muestren las expectativas positivas que tengan, porque eso la predispondrá al mejoramiento. Hay milagros que sólo esperan a que aceptemos la potencia infinita que yace en el ser humano.

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