El jubileo

Publicado en La Nación el 17 abril, 2000
Categoría: Contribución
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El pueblo judío seguía la práctica de celebrar cada cincuenta años un año jubilar . En ese año, si alguna familia había perdido o vendido su tierra, la recuperaría . Era un año de reposo, de vivir sin sembrar, de lo que la tierra produce de sí misma. Constituye algo así como un borrón y cuenta nueva social. La iglesia católica está celebrando en el mundo, durante este año dos mil, un año jubilar. Se trata de reconocer lo que individual y grupalmente se ha hecho mal, de pedir perdón y volver a empezar .

Los asuntos de todos los días estructuran nuestra acción. Nadie se levanta por la mañana sin saber lo que hará. Todos tenemos una rutina diaria que cumplir. Programamos esa rutina al empezar el trabajo. Otros más ordenados la programan la víspera de cada día. Y los muy ocupados o muy sistemáticos, lo hacen semanalmente . Todo maestro sabe muy bien lo que estará haciendo el próximo jueves veinticuatro de agosto a las nueve de la mañana . Esa estructuración nos impide a veces detenernos en el camino para reflexionar sobre el rumbo de nuestro trabajo, lo cual no es simplemente ver qué es lo que tenemos que hacer tal día a tal hora, sino más bien, si lo que hacemos vale la pena, si lo estamos haciendo de la mejor manera, si somos efectivos y si además lo que hacemos nos está haciendo felices.

Las empresas que hacen ejercicios de pensamiento estratégico, dedican periódicamente horas a reflexionar sobre el rumbo, sobre las circunstancias que un día dieron lugar a la elección de ese rumbo, y sobre la conveniencia de modificarlo o de apegarse a él. Los hogares podrían beneficiarse del sosiego de estos días para plantearse la pregunta de si están auspiciando los sueños de todos sus miembros o si por el contrario, están deteniendo el vuelo de esos anhelos, de si son motor o lastre, de si son viento que infla la vela o cadena que ata y detiene.

Como nación, hemos presenciado signos de que las cosas necesitan una revisión: la violencia, la delincuencia, la crueldad, la falta de tolerancia, la brecha entre el bienestar del cual disfrutan algunos y la exclusión en la que se encuentran otros, asuntos todos que muestran que hay rupturas en la armonía con la cual se ha de convivir. Y no se trata de aspirar a una convivencia angelical donde no haya fricciones, donde todos podamos andar por ahí con una sonrisa permanente de lo bien que marchan las cosas. Siempre será difícil y laborioso lograr bienes, ya se trate de un pedazo de pan o de una situación nacional que permita trabajar con entusiasmo. Vivimos en un mundo de escasez donde todo lo que obtengamos tenemos que obtenerlo a cambio de algo: si queremos más pan, tendremos que sacrificar un poco de ocio. No podemos holgazanear más y disponer de más alimentos. Y si queremos más seguridad ciudadana, tenemos que invertir en educación o en resolución de patologías sociales o en más policía .

Esta semana de interrupción o reducción de las rutinas de trabajo, podría brindar un buen espacio para la reflexión de que la creación de unas condiciones nacionales que propicien la creatividad, el disfrute, el florecimiento de la iniciativa personal, la productividad, la convivencia constructiva, demanda la conducción de algunos y la disposición de todos. No se puede esperar que uno de estos días amanezcamos gozando de todas esas condiciones. Es necesario que participemos en su construcción, en la medida de nuestras circunstancias. En algunos casos, nuestra participación será activa: hacer tales o cuales cosas. En otros, será pasiva: no obstaculizar lo que parezca que nos lleva en esa dirección. Quizá como país, podríamos aprovechar esta semana para aceptar que hay cosas que no andan bien y que hay otras que andan mal . Si esto nos mueve en la dirección de desear corregir el rumbo, sin fanatismos, sin banderías, sin mezquindades, estaríamos vislumbrando en esta semana lo que sería una actitud de jubileo.

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