Valor en la vida ordinaria

Publicado en La Nación el 27 marzo, 2000
Categoría: Contribución
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Hemos hablado de la importancia de que las empresas creen valor, para competir con más probabilidad de éxito. También de cómo quienes trabajan en una empresa, pueden crear valor para ella. Ambas cosas, de una cierta manera se refieren al mercado: la primera sobre cómo una empresa garantiza su éxito en el mercado y la segunda sobre cómo una persona puede aumentar su probabilidad de éxito en el mercado laboral. Pero el mercado, si bien majestuoso como mecanismo, no lo es todo. Muchos actos, muchas transacciones, importantísimos para nuestra vida, no pasan por el mercado. Intercambiamos sonrisas con nuestros hijos, nos damos apoyo mutuo con nuestra pareja, escuchamos consoladoramente a un compañero angustiado, nos alegramos con el buen humor que nos trae un amigo.

En todos estos intercambios hay una creación de valor. Recordemos que valor es la capacidad de un bien o servicio de producir satisfacción. Si cuando un amigo parte, en nuestro interior sigue resonando su buen humor. Si el apoyo de mi pareja está junto a mí como una brisa. Si la sonrisa de mi hijo se alarga y permanece dulcemente dentro de mí, eso produce satisfacción. Eso es valor creado – quizá involuntariamente- por aquéllos con quienes me he ido cruzando en el camino. Se trata de bienes o de goces por los cuales ni cabe pagar, ni tendría sentido pagar. Sí cabe disfrutarlos y cabe también promover su producción generosa.

Vivimos en comunidad. Hay comunidades – barrios, ciudades, países – donde vivir es más agradable. A eso le llamamos calidad de vida. De una comunidad cuyo aire está contaminado, donde la violencia campea, donde los servicios públicos son inadecuados, decimos que tiene una baja calidad de vida. Esta situación, para ser cambiada, requiere de soluciones en las cuales participa con alto impacto el estado. Pero la contribución individual a la calidad de vida es inexcusable. Se puede contribuir mediante un manejo adecuado de la basura. Mediante la observancia de prácticas higiénicas que garanticen la salud propia y ajena. Mediante una laboriosidad que beneficie a otros. En lo de las prácticas higiénicas somos interdependientes. Cuando ponemos en peligro de infección a nuestra familia, por ejemplo cuando omitimos las vacunas indispensables, ponemos en el mismo peligro a toda la comunidad. Y también somos corresponsables en lo relacionado con la productividad: la laboriosidad de todos tiene un alto significado sobre la productividad del país. La holgazanería, la chapucería, no sólo perjudican a quien las practica . Un problema de tránsito como el que padece San José sería más llevadero a pesar de sus complicaciones objetivas, si no miráramos con ira a quien se nos adelanta en la intersección complicada, o mejor, si le cediéramos el paso. La cortesía en este caso sería una forma de producir satisfacción.

Son bienes libres aquéllos que podemos disfrutar sin tener que dar nada a cambio, como el aire o la temperatura agradable durante todo el año. Si queremos una camisa, tenemos que entregar a cambio tantos colones Los atardeceres, los amaneceres, la algarabía de los niños en el recreo, son libres. Se puede tener de ellos tanto como se quiera sin tener que pagar a cambio. Ser cortés, apoyar las medidas de seguridad, opinar a favor de lo que es correcto, asumir las dificultades comunes como retos y no como desgracias, son formas de poner bienes libres a disposición de otros. Se puede tener la aspiración mínima, raquítica, de convivir civilizadamente por la vía de no hacer a otros lo que no queremos que nos hagan. Pero también queda abierta la posibilidad de aspirar a algo más retador como sería generar el máximo de valor para los demás.

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