Liderazgo

Publicado en La Nación el 7 febrero, 2000
Categoría: Artículos
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Una vez discutíamos en la asamblea universitaria de la UCR si debía ponérsele el requisito de doctorado académico a los candidatos al puesto de rector.

Se pueden hacer listas interminables de requisitos para un gerente, un rector o un presidente de la República. Chesterton dice que los jurados, en el sistema judicial anglosajón, son escogidos entre ciudadanos comunes y corrientes, de la misma forma en que Jesús escogió a sus doce seguidores más cercanos. Siguiendo esos ejemplos, tal vez convenga simplificar lo que hemos venido denominando “perfiles”. Si somos capaces de señalar dos o tres rasgos esenciales se simplificaría la búsqueda del candidato a mensajero o presidente. ¿ Qué será lo más importante para un líder -jefe de grupo, gerente de empresa, presidente de un poder del Estado-? Lo más importante es que entusiasme a sus seguidores. En su sentido primitivo la palabra “entusiasmo” se refiere a inspiración divina, literalmente a ser poseído por un dios. Cuando algo nos entusiasma nos sentimos llevados por un impulso que no controlamos. No cuentan la dificultad, ni las horas. Fluye el afán, el esfuerzo, el optimismo.

Y sabedores de eso, todos los líderes tratan de una u otra manera de entusiasmar a sus seguidores. Algunos siguen el trillado camino de la arenga, del sermón, de la prédica, apostando a que la palabra es omnipotente. Para que se pueda entusiasmar hay que señalar con claridad hacia dónde se está apuntando. Hay que explicar por qué vale la pena para cada uno de los seguidores recorrer ese camino. Y eso sólo se puede hacer mediante la palabra, la cual si nace de alguien en quien creemos, en quien confiamos, viene a ser en verdad omnipotente. Esto nos pone en contacto con uno de los rasgos básicos del líder: su integridad. Su vivir, su comportamiento han de mostrar su veracidad, su autenticidad, su fortaleza, su equidad, la transparencia de sus aspiraciones. Si la retórica se ve respaldada por la integridad, se convierte en capacidad de persuadir. Si no se sustenta en la integridad se convierte en lo que se denomina despectivamente “pura retórica”, “parla” o “habladas”.

Entusiasmar es hacer que el otro saque de sí mismo la energía para hacer lo que se quiere que haga. En un grupo, cada miembro tiene en sí la energía necesaria para ejecutar su tarea por el logro de los objetivos. Todo lo que se necesita es convocar esa energía, desatarla. Nos entusiasmamos desde dentro, cuando vemos razones para hacerlo. Es una pretensión equivocada creer que es posible ponerle a alguien una inyección de entusiasmo. Podríamos provocar un movimiento temporal, pero nunca un esfuerzo sostenido.

Dice Alexandre Guimaraes, en La gran fiesta, un libro sobre la participación de Costa Rica en el Mundial de Italia 90, que al final del primer tiempo en el partido contra los suecos, Bora les dijo en el camerino a los jugadores: ya les perdimos el respeto. Ahora respetémonos a nosotros mismos.

Veamos que Bora les pudo haber hecho una arenga sobre los miles de costarricenses que estaban pendientes de los televisores, o sobre la querida bandera que estaría por ahí en algún sitio del camerino, o sobre los premios esperados. Sin embargo tal vez por ser hombre lacónico o por no estar hablando en su lengua materna, no podía recurrir a “la parla”. Mas lo que hace es genial. Apela a algo que había venido construyendo en las semanas anteriores al Mundial: el respeto de los jugadores a sí mismos. Su intervención no constituye un ruego, ni una exhortación: es un reto. Y es que no tenemos escapatoria cuando una situación o un líder nos retan a hacer algo por el respeto que nos tenemos a nosotros mismos.

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