El teorema del martillo

Publicado en La Nación el 17 enero, 2000
Categoría: Artículos
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Se dice que un eminente zoólogo, especialista en ofidios, tuvo que sustituir de emergencia a un colega, especialista en elefantes, en una conferencia que se efectuaría dentro de pocos minutos. El ofidólogo se disculpaba diciendo que no se sentía cómodo hablando de elefantes. Y su colega intentaba convencerlo diciéndole que primero que todo, ambos eran zoólogos y que como iba a ser posible que él no pudiera apañarse con la conferencia sobre el elefante. Persuadido finalmente, se enfrentó al auditorio y empezó su disertación describiendo el elefante: sus patas fuertes capaces de soportar tantos kilogramos, su amplio cuerpo cuyo volumen era de tantos metros cúbicos, y así iba haciendo gala de erudición en cada descripción hasta que llegó a la trompa. Entonces dijo que la trompa de un elefante era prensil, que tenía múltiples posibilidades de movimiento. “Más o menos como una boa… y a propósito, la boa es un animal en cuya descripción conviene que nos detengamos ampliamente…”

Todos, de una cierta manera, padecemos la debilidad del experto en boas. En cuanto el asunto se acerca a nuestra área de experticia, hasta ahí llegó el pensamiento. De ahí en adelante todo lo que hacemos es derramar sobre el asunto todo lo que sabemos sobre él. Esta debilidad nos impide tener una visión fresca sobre las cosas y se constituye en uno de los cristales a través de los cuales miramos la realidad. Los problemas que miramos a través de ese cristal, en vez de soluciones creativas reciben las mismas consabidas soluciones rígidas. Decía un estudiante de administración de empresas que la carrera le había provisto muchos conceptos pero que ahora había adquirido la destreza de ver todas las cosas que podían fallar en un proyecto, con lo cual su espíritu emprendedor fundamentado en la audacia y un poco en la ignorancia, se había visto obstaculizado.

El lente para mirar que constituye nuestra deformación profesional, nuestro prejuicio o nuestra “chochera”, nos da la tranquilidad de que nos permite encontrar explicaciones con rapidez, pero podría alejarnos de la realidad, especialmente cuando se trata de realidades complejas. Esto recuerda el Teorema del Martillo cuyo enunciado se dice que es el siguiente: dadle un martillo a un niño y él descubrirá que todo necesita ser aporreado. El instrumento de percepción de la realidad que hemos adquirido por nuestra experiencia o por nuestra formación, es eso, un instrumento, pero es imprudente aplicarlo a todo.

Russel Ackoff relata en un libro sobre El Arte de Resolver Problemas, que en una ocasión fue llamado para dar soluciones al problema del tráfico urbano en la ciudad de México. Los expertos habían pasado por todas las soluciones “del ramo”: viaductos, pasos elevados, tren subterráneo, rotondas, sistemas de señales. Dice Ackoff que después de estudiar el asunto, se dio cuenta de que la solución no estaba en la infraestructura, sino que estaba en los vehículos que circulaban por ella. Su solución partía del razonamiento de que sin importar cuánto se invirtiera en la infraestructura, la mayor comodidad del tráfico iba a provocar la llegada de más automóviles, lo cual, a su debido tiempo iba a hacer otra vez insuficiente la estructura. Por tanto su recomendación, la cual resolvería el problema por más tiempo, era reducir el tamaño de los automóviles. Si puesto que un alto porcentaje de los viajes en automóvil se realizan con un máximo de dos pasajeros, convenía construir autos semejantes a motocicletas, donde se pudiera acomodar un pasajero detrás del otro. Esto reduciría el ancho de los autos quizá a una tercera parte, con lo cual la infraestructura podría manejar tres veces el volumen de tráfico que estaba manejando ahora.

Parece que pensar, es más útil que saber.

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