Negarse a aprender

Publicado en La Nación el 6 septiembre, 1999
Categoría: Aprendizaje
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Aprender es arduo. Es cambiar y todo cambio perturba nuestra estabilidad. Nos sentimos cómodos con la situación presente porque estamos familiarizados con ella. Aprender siempre implica desaprender. Deshacerse de una creencia que quizá nos apaciguaba. Deshacerse de un conocimiento que nos simplificaba las cosas .

Como aprender tiene “buena prensa” y la apertura y lo nuevo se consideran valores, para no aprender tenemos que excusarnos ante nosotros mismos y ante los demás. Para eso hemos inventado una serie de racionalizaciones defensivas. Una racionalización es un argumento racional en apariencia pero un poco “halado del pelo” .Veamos algunas.

La primera es la de las uvas verdes. La zorra descubre un racimo de uvas y salta para alcanzarlas. Cuando después de varios intentos se marcha derrotada, se va diciendo a sí misma “De por sí estaban verdes” . Cuando algún aprendizaje es difícil, a veces lo intentamos pero si la dificultad nos hace abandonar, tendemos a minusvalorar eso que hubiéramos querido aprender. Entonces oímos al estudiante a quien le cuesta aprender historia, decir que todo eso no tiene importancia porque ocurrió hace mucho tiempo . O a quien le cuestan las matemáticas, preguntarse cuándo en su vida va a tener que encontrar una integral definida . O encontramos personas para las cuales lo desafiante son sutilezas: ¡ Nos estamos perdiendo en detalles. Aterricemos !

El refinamiento de un argumento nos lleva a otras excusas. Alguien expone un argumento. Y luego, responsablemente se da a la tarea de señalarle excepciones y casos especiales. En este caso, no falta quien exclame -externa o internamente- “Bueno, bueno. Ya entendimos. No gastemos el tiempo en florituras semánticas” . Y esto de la semántica da pie a otros escapes: Dos están sosteniendo puntos de vista diferentes. Conciliar, llegar a acuerdos es, en cierta forma aprender. Es comprender el punto de vista del otro y eso además del problema cognitivo, conlleva también el problema afectivo de que nadie quiere dar el brazo a torcer. Entonces, algo les dice que hay que ser tolerantes, que no se puede discutir indefinidamente y acude a la mente de alguno la fórmula salvadora: “En el fondo estamos de acuerdo. Lo único que tenemos son diferencias semánticas”.A igual categoría, pertenecen otras reacciones. Por ejemplo alguien se esmera en demostrar las diferencias entre una propuesta innovadora y la situación vigente. No es extraño que después de la exposición seria y claraalguien diga que en el fondo se trata de “los mismos perros con distintos collares” o de “la misma mona con distinto rabo” .

Otra fórmula para excusarse de aprender es el calificar algo de teórico con lo cual lo que se quiere decir es que tal cosa no se puede aplicar. Los conocimientos sobre aerodinámica son teóricos. Se pueden anotar en un papel; se pueden expresar matemáticamente. Pero decir que son inaplicables es ignorar que el avión es el medio por el cual se transportan más personas . A veces el adjetivo de teórico, se le da a todo lo que es abstracto. Si se habla de libertad, de dignidad personal, de democracia,forzosamente hay que tocar elementos abstractospero muy reales. Para explicar la convención de que no se puede pasar cuando el semáforo está en rojo, hay que invocar elementos abstractos, pero pocas cosas son tan prácticas en estos días como un semáforo.

Otros truquillos que utilizamos para oponernos al aprendizaje es tildar de fanatismo lo que el otro postula como sus supuestos básicos. O descalificar como ideológica una posición debidamente sustentada .Y finalmente, en estos tiempos de cambio, podríamos quedarnos muy tranquilos si a toda innovación le damos el carácter de complicación innecesaria y a las nuevas ideas, o a los nuevos procedimientos, los consideramos modas pasajeras .

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