Buenos mentores

Publicado en La Nación el 19 julio, 1999
Categoría: Aprendizaje
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Hay un elemento cultural que dificulta la mentoría. Se ha señalado que nuestro tiempo se deslumbra con la salud, la apariencia física, el bienestar material, la juventud y por tanto considera algunos temas amenazantes: la enfermedad, la pobreza, el envejecimiento. El desarrollo científico y tecnológico ha dado lugar a la aparición de niños genio. Einstein fue Premio Nobel a los 42 años, pero la fama universal lo rodeó cuando ya era sexagenario. Esas cifras han sido diferentes para Bill Gates. La juventud es indispensable para jugar futbol, pero podría ser un estorbo para ser estadista. Hay conocimientos y experiencia que cobran valor cuando se sedimentan. Prefiero escuchar a alguien jovenhablando de matemáticas o de cómputo pero psicólogas, filósofos y politólogas mejoran con los años.

El buen mentor no debe intentar evitar errores en su discípulo sino ayudarlo a tomar sus decisiones y a accionar, con la mayor racionalidad, con la mayor cantidad de información. Nunca debería decirle qué es lo que él haría, sino que a la manera de Sócrates, debería despertarle con sus preguntas y con sus críticas una gran cantidad de inquietudes que lo llevarana ampliar el horizonte sobre las circunstancias en las cuales está accionando. El mentor que idealiza su tiempo,suscircunstancias o su propio modo de matar pulgas, se está inhabilitando como tal.

Como con frecuencia la relación de mentoría implica también un vínculo sentimental entre las partes, el mentor siente malestar al ver el riesgo que está asumiendo su discípulo. En esto convendría que recordara una frase que vi recientemente por ahí: “Uno falla en el cien por ciento de las cosas que no intenta”. Por tanto, parte de la buena mentoría es dejar que el discípulo utilice su propia valoración del riesgo, pero preferiblemente después de haber planteado muchas preguntas del tipo de “qué ocurriría si…”, a través de las cuales se haga consciente de las consecuencias.

De parte del discípulo la virtud más importante es la humildad. Ha dereconocer que el punto de vista del mentorpodría ser útil, que tiene una experiencia que de alguna manera puede servir de orientación, que ambos -mentor y discípulo- podrían estar equivocados y que sólo excepcionalmente tenemos toda la información sobre un asunto. La humildad no se ve desde fuera. No tiene nada que ver con la ropa que se lleva ni con la cara que se pone.La humildad es una aceptación de sobre nuestras limitaciones y nuestras carencias.No somos humildes cuando nos consideramos de una naturaleza perfecta o cuando queremos fingir que tenemos los recursos para un determinado reto.

Los buenos mentores – y pienso en los que he tenido-lo son sin aspavientos. Muchos ni se dan cuenta de que lo están siendo. Muchos mentores efectivos se sorprenden cuando un día alguien con quien trabajaron les agradece su apoyo. Entonces se sorprenden de haberlo sido, porque no pretendieron serlo. Hay en el buen mentor un afán generoso de dar, el cual se materializaen eltraslado deconocimientos y en el ejercicio de unainfluencia a través de la cual se despierta el entusiasmo por la efectividad y por la práctica de valores. Al igual que existe un “curriculum oculto” en toda relación maestro-discípulo, existe también una corriente oculta entre mentor y discípulo. En las empresas, esta es la forma como se transmiten los componentes culturales a las nuevas generaciones. Las normas, las creencias, los valores, los mitos, no pueden ser transmitidos en un cursillo de inducción para nuevos empleados. Por eso resulta tan sorprendente y tan dispendioso que no se aproveche a los mentores potenciales en un esfuerzo sistemático de influencia beneficiosa.

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