Decisiones

Publicado en La Nación el 12 abril, 1999
Categoría: Artículos
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Es más fácil para alguien decir lo que tiene que hacer, que hacerlo. Aún resulta más fácil decir lo que el otro tiene que hacer, que hacerlo. Hay más entrenadores de la selección frente a los televisores que en la línea de cal. Hay más expertos en seguridad entre los lectores de periódico que en el respectivo ministerio. A la hora en que volvemos a casa y conversamos con nuestra pareja, estimulados por su comprensión y su buen tino para no perturbar nuestra fantasía, muchos somos mejores gerentes que quienes en ese momento encabezan la empresa.Todos sabemos cómo debió haber maniobrado el chofer del bus que sufrió el accidente. Muchos pretendemos saber lo que debería hacer Clinton en los Balcanes o lo que no debería haber hecho (aunque esto es fácil) .

El jefe de familia, el gerente, el presidente son protagonistas. En el ámbito de su poder, son insustituibles. Nadie puede tomar decisiones por ellos. Pueden meter la pata, pero nadie puede meter la pata por ellos en el campo de su incumbencia. Si se empeñaran en no equivocarse, la única forma de garantizarlo sería no tomando ninguna decisión, pero entonces estarían dejando de cumplir lo que tienen obligación de hacer. Dice Antonio Valero, un profesor español,queel gerentees una persona cuyo trabajo consiste en tomar decisiones en condiciones de incertidumbre con obligación de acertar. Y eso que suena a cosa muy seria en el ámbito de las empresas, es una verdad que se aplica a cada uno de nosotros en lo que toca a nuestro diario vivir. Vivir es ir tomando decisiones. Unas buenas, otras no tan buenas. Pero quien quisiera sustraerse y no decidir, paralizaría su camino. Más que eso, se dice que el no decidir, es una decisión en sí.

Posponer una decisión, lo cual resulta tentador, por ejemplo cuando se quiere esperar a que se aclaren los nublados del día, con frecuencia nos lleva a tomar la decisión que no hubiéramos querido tomar. “Voy para la playa. Avíseme antes del viernes si quiere ir “. Y como el indeciso no sabe si ir o no, pospone el aviso, hasta que se vence el plazo y entonces, sin haber decidido no ir, se quedó sin posibilidad de ir.Aquí hay una verdad elemental que conviene tener en cuenta: el que está entre ir y no ir, no irá. Para ir, hay que decidir ir. La duda paraliza. Eso hay que tenerlo presente porque a menudo tenemos la ilusión de que podemos dudar indefinidamente sobre si elegir esto o aquello. Si seguimos dudando es como si ya hubiéramos decidido no hacerlo.

Hay un bonito dicho en las empresas: “No caigamos en la parálisis por el análisis”. Es necesario analizar las cosas, considerar sus ventajas y desventajas, reflexionar sobre sus consecuencias, pero si este trámite se prolonga, se cae en la parálisis.No se trata de ser un “volado”, o un “gatillo veloz” como se decía en el folklore del Oeste estadounidense. Pero tampoco de ser Juan del Seguro que vivió muchos años pero realmente no disfrutó de la vida. Se dice que la prudencia está en el medio, entre la temeridad que es la actitud superficial y despreocupada ante los peligros y la pusilanimidad, que es la falta de ánimo para intentar algo . Si de todas las cosas que vamos intentando,seis nos salen bien y cuatro nos salen mal, estamos en el lado correcto. Nadie puede tener éxito en los diez intentos.

La efectividad en la toma de decisiones puede mejorarse. Se puede aprender a resolver los problemas de mejor manera. De hecho lo que llamamos experiencia, puede entenderse como ese mejoramiento que vamos teniendo con solo vivir. Pero el entrenamiento puede lograr que en menos tiempo adquiramos la destreza, de manera que a los treinta podamos ser tan juiciosos como a los sesenta.

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