Hablemos claro

Publicado en La Nación el 4 enero, 1999
Categoría: Artículos
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En las empresas -y fuera de ellas- dedicamos mucho tiempo a hablar . Se dice que“Hablando se entiende la gente” . Pero sabemos también quehablando surgenmúltiples desentendimientos . Y que hablar descuidadamente conduce a invertir mucho tiempo en intercambios de poca efectividad. En esto hay que distinguir cuando hablamos sin ánimo de ser efectivos. Por ejemplo cuando deliberadamente queremos pasar el tiempo conversando con alguien. O cuando la efectividad no consiste en llegar a un resultado sino en ir produciendo otros logros superiores, como cuando los enamorados conversan de cosas triviales. No buscan acuerdos, sino que lo que buscan es aumentar la confianza o la cercanía, o testimoniarse el bienestar mutuo que les produce pasar el tiempo juntos.

Pero pasemos de esas situaciones a otrasen las cuales estamos económicamente interesados en que haya eficiencia en el intercambio hablado. La palabra hablada sigue siendo el instrumento por excelencia para señalar temas en los cuales es necesaria la acción, resolver problemas, concretar planes de acción, evaluar resultados, perfilar la identidad de la empresa o de sus unidades, persuadir y entusiasmar, corregir, intercambiar apoyo. En un rato de intercambio hablado se puede ser muy productivo, o se puede navegar en círculos alrededor de lugares comunes, prejuicios, cosas consabidas, reflexiones estériles.Es entonces importante preguntarse cómo aumentar la efectividad de esos intercambios .

Se observa con frecuencia que en esos intercambios hay dos comportamientos extremos e igualmente perjudiciales. Uno es la inhibición de los circunspectos. Otro es la locuacidad de los más espontáneos, quienes a menudo interpretan que la forma de participares mediante discursos. Esta tendencia se acentúa cuando las sillas, la mesa y los micrófonos les hacen evocar la imagen de un parlamento. Entonces se les sale el diputado que muchos llevan dentro. En los tiempos anteriores al correo electrónico y al fax, utilizábamos mucho la vía telegráfica. Recordamos los esfuerzos que se hacía por reducir el texto del telegrama -puesto que su costo dependía del número de palabras- . Esa disciplina de sustituir el discurso reiterativo por el mensaje telegráfico, aumentaría la efectividad de nuestros intercambios hablados. Enseñaban los viejos maestros que hay que ser conciso y preciso y no confuso y difuso. Y esa es una disciplina que requiereesfuerzo.

“De toda palabra ociosa se os pedirá cuenta” . Quien tiene pensamientos ociosos pierde su tiempo, pero quien habla ociosamente, pierde su tiempo y hace a otros perder el suyo. Hay sociedades en las cuales es evidente que se practica el cuidado por el tiempo de los demás. Nosotros todavía estamos a distancia de eso. Pero haríamos bien en practicar y exigir el respeto por el tiempo.

Un ingeniero no habla mucho para diseñar un puente, ni para hacerlo. Sus términos son precisos: resistencias, cargas, longitudes, secciones . Sobre ellos no cabe elucubrar . En cambio cuando hablamos de falta de coordinación, de intensidad competitiva o de renovación del producto, estamos abriendo la puerta a un espectro amplio de consideraciones, que le restan eficiencia a los procesos de comunicación hablada .Cierto que para muchos problemas en la empresa no es posible hacer un plano o escribir una función matemática, pero ganaríamos mucho si en vez de escribir un párrafo dibujáramos un diagrama o si en vez de hablar según las reglas de la composición escrita, habláramos a la manera como se presenta un esquema, o si simplemente nos esforzáramos por aumentar la claridad, mediante un uso cuidadoso de los términos técnicos y del lenguaje corriente.

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