El orden

Publicado en La Nación el 15 diciembre, 1997
Categoría: Artículos
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En los programas sobre el mejor uso del tiempo, se dice que los papeles o los asuntos que no están siendo procesados en ese momento, no deben estar a la vista. Se calificanmal los escritorios que están casi totalmente cubiertos de papeles, folders, mensajes, legajos. Es perjudicial, dicen, tener a la vista varios asuntos cuando sólo se puede ir tramitando uno a la vez. Y parece lógico, hasta que se escucha el argumento de algunos que sostienen que hay personas que al tenerlos a la vista, los van ordenando mentalmente. Para ellas mantener los asuntos a la vista, sobre su escritorio o como avisos, notas, mensajes prensados con imancitos sobre el refrigerador, hace las veces de una agenda común y corriente. El cerebro izquierdo tiene sus formas de actuar distintas al cerebro derecho.

El orden es una de esas actitudes o prácticas que tienen buena prensa. A nadie le gusta ser llamado desordenado. Nadie haría una defensa del desorden. El orden es algo así como el baño diario. Es casi una norma social con su buen aparato coactivo para hacerla obligatoria.

El orden da un mensaje. Sin duda es más cómodo trabajar en un escritorio ordenado que en el que describíamos más arriba. El orden nos lleva a inferir -correcta o erróneamente- otras virtudes de la persona que lo practica. De una persona desordenada, estamos inclinados a inferir que es poco confiable, que no cumple con sus compromisos, que podría no ser un trabajador empeñoso.También da el orden, como la práctica de cualquier disciplina, un mensaje hacia adentro. Es como si el desorden externo diera licencia para relajar la práctica de algunos otros comportamientos. Quien tiene ordenado su entorno, se siente invitado a poner en práctica otros buenos hábitos de acción.

De niños nos decían que había que “tener cada cosa en su lugar” y ese es un consejo valioso.Cuando algo se extravía, y vamos buscándolo, experimentamos una sensación de desagrado. De manera no consciente sabemos que la probabilidad de encontrar un martillo en la caja de herramientas donde lo dejamos habitualmente,es muy alta. En cambio, si no tenemos la costumbre de dejar el martillo en la caja de herramientas o el diskette en el espacio señalado del archivo de diskettes y tenemos que ir por ahí buscándolo, sabemos, de manera también inconsciente, que la probabilidad de encontrarlo en el próximo sitio es muy baja, porque el objeto extraviado, si no está en “su lugar”podría estar en cualquier parte. Eso es lo que produce la ansiedad de buscar un objeto extraviado.

Cuando varios usan el mismo objeto, el dejarlo siempre en “su lugar” es un acto de consideración para el otro, un acto de solidaridad. Si es desagradable buscar lo que hemos extraviado, más desagradable es buscar lo que otros han extraviado. No saber dónde estará algo, representa un costo para las personas. Ese costo se ve representado por el tiempo que tenemos que andar detrás de un documento o de un dato que hace dos días “teníamos aquí a la vista” .Pero también podemos tener una noción del costo del desorden cuando nos damos cuenta del valor del orden. Pensemos por ejemplo en lo que ocurriría si la compañía telefónica proveyera a sus usuarios con una guía telefónica en la cual estuvieran todos los abonados con sus teléfonos, sólo que en desorden .Estamos dispuestos a pagar por que nos ordenen los nombres de los abonados .

La práctica del orden es funcional a la convivencia. Produce beneficios para la vida en común en el trabajo o en la familia. Nos ahorra tiempo. Nos ahorra malestares. Pero eso no convierte al orden en un fín en sí mismo. De hecho, puede causarnos disgusto el orden que practican algunas personas. Es un orden cuya única forma de mantenerlo es no moviendo, no tocando, no haciendo nada. Ese concepto del orden, más que un valor, podría ser una manifestación de una inadecuación, de un desajuste. Es natural que las cosas se muevan, fluyan, se desacomoden.Gran inconveniente es tropezar con alguien que tiene una noción muy rígida del orden. Este inconveniente que se agrava cuando esa persona quiere imponernos su idea del orden yllega al colmo cuando quien quiere imponernos “su orden”, es nuestro jefe.

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