Arquitectos o inquilinos

Publicado en La Nación el 3 noviembre, 1997
Categoría: Artículos
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Se puede participar en un grupo de trabajo, se puede ser miembro del personal de una empresa, o formar parte de un grupo familiar, con la actitud del inquilino o con la actitud del arquitecto. Para mejor contraste, caricaturicemos un poco. Cuando se habita una casa, pero la casa es de otro, generalmente se tienen restricciones sobre lo que puede hacerse para hacerla más vivible. Si le sugiriéramos a ese inquilino, que una ventana aquí, o una pared allá la haría más agradable, nos contestará que no puede intentarlo porque “yo aquí, sólo soy un inquilino”.En contraste, el arquitecto parte de nada y crea espacios donde se pueda vivir la vida con placer, como se lo entendí a Bruno Stagno en “Ancora” hace unas semanas .Cuando alguien ha tenido la mala fortuna de adquirir un lote para construir, con gran pendiente, sin buena vista, en medio de construcciones desagradables, el arquitecto viene en su rescate e invariablemente cuando se le consulta, contesta con esa frase que hace volver el alma al cuerpo: ” Sí… este lote tiene posibilidades” .

El “inquilino”, en un grupo de trabajo, o en una familia no hace nada por mejorar los resultados ni el clima de la convivencia. Las cosas que no le gustan, intenta “tragárselas” para que su malestar no se refleje en el grupo. Pero el intento siempre es fallido. Eso que nos tragamos sin masticar, luego retorna regurgitado en forma de críticas solapadas contra el jefe o los compañeros, comentarios con terceros no relacionados con la empresa, errores involuntarios, olvidos de instrucciones . “Tragado ” y no regurgitado, el material desagradable se puede transformar en stress, en insomnio, en mal humor, cuando no en úlceras gástricas o alta tensión arterial.

El que asume la realidad del grupo con espíritu de “arquitecto”, señala lo que no le gusta o lo que le parece mal, sin violencia, sin ira y busca otras formas de contribuir al mejoramiento de la eficiencia o del clima de trabajo.

Cuando formamos parte de un grupo conviene preguntarse “¿De quién es esto?” . La empresa es de los dueños, pero el grupo de trabajo en el cual participamos todos los días, al cual entregamos nuestro esfuerzo, nuestra imaginación, nuestro apoyo, no es de los dueños de la empresa. Es nuestro. Sentirlo como nuestro hace surgir nuevas responsabilidades. Si es nuestro, sentimos compromiso con los resultados y con el confort con el que se realice el trabajo. Además,quien se siente en parte propietario del grupo está más dispuesto a contribuir, más dispuesto a velar por su bienestar. Ver algo como cosa propia, hace surgir actitudes proactivas, de previsión, de nutrición y mantenimiento de eso que es tan importante y tan nuestro.

Los tratadistas dicen que una de las preguntas que cada miembro debe responderse para que un grupo sea integrado y estable tiene que ver con la identidad: “¿Cuál es mi significado en este grupo?”. A mí me gusta plantearla en los términos en que se planteaba aquí coloquialmente hace tiempo: “Y yo aquí, qué pitos toco?”Alguien puede sentirse simplemente “inquilino”, valga decir espectador yjugar su papel de manera pasiva. El grupo y sus circunstancias, su clima, su productividad, su imagen, sus posibilidades, su desarrollo futuro, lo tienen sin cuidado o siente que no tiene ningún control sobre ellas, de manera que se le imponen fatalmente.O puede sentirse “arquitecto”, valga decir actor y entonces se reconoce como formando parte de un proceso vivo, que está en marcha, donde puede determinar lo que ocurre, contribuir a que sea de una manera o de otra.

El ser humano tiene una sentida necesidad de crear. Eso lo lleva a tratar de influir, de determinar, de modificar, las circunstancias con las que se encuentra. Ese apetito,sólo se satisface desde el papel de “arquitecto” y convierte en frustrante, anhelante y falto de ilusión, el papel de “inquilino”. El papel pasivo del “inquilino”convierte el trabajo -y la vida en cualquier grupo- en “algo que nos va ocurriendo”.En cambio el papel activo del “arquitecto” puede convertir nuestro trabajo -y nuestra convivencia en grupo- en una aventura llena de retos, de aprendizajes y de oportunidades de crecimiento personal.

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