Tarjeta amarilla

No se va a un velorio a contar chistes, ni se va a una fiesta a compartir malas noticias. El comportamiento para cada uno de esas situaciones es diferente. Lo hemos aprendido desde que éramos niños. Lo volvemos a escoger cada vez que tenemos que participar en uno de esos eventos.

Cada comportamiento específico para cada situación especial, tiene el carácter de un pacto tácito. Nadie está a la entrada de la fiesta a la cual nos han invitado, dándole instrucciones a quienes van llegando en el sentido de que deben estar dispuestos al humor, a la conversación con los demás, a no participar en discusiones exaltadas. No es necesario que nos lo digan porque el proceso de civilización al que estamos sujetos desde niños, nos imprimió esos comportamientos sin que podamos recordar cuándo.

En cambio sí recordamos, al menos los miembros de mi generación, cuándo se dió un gran paso en el camino de la civilización de los juegos de futbol. Hace muchos años, las expulsiones de jugadores no estaban sometidas a las mismas reglas actuales. El árbitro tenía discrecionalidadpara expulsar a un jugador por juego violento. Pero el uso de esa discrecionalidad muchas veces hacía que el partido terminara en batalla campal. Hoy, el proceso tiene la nitidez de un proceso judicial: se sabe cuáles son las jugadas que ameritan una tarjeta roja,cuáles una amarilla y se sabe que dos tarjetas amarillas equivalen a una roja e implican expulsión.El árbitro no tiene como antes que discutir sobre una expulsión. El procedimiento está claro y los jugadores y los aficionados lo aceptan. El juego de futbol ha dado un paso adelante en su civilidad, gracias a la formulación de un pacto sobre cómo convivir en el juego .

Un pacto de convivencia consiste en aceptar algunas reglas de juego y lo podemos formular tanto a nivel comunitario o de una actividad como el futbol, como a nivel grupal, como cuando aceptamos unas reglas de juego en la empresa o en la familia. O a nivel interpersonal, como cuando nos proponemos y aceptamos reglas de juego para la convivencia con otra persona. Al respecto recuerdo haber leído que en una comedia la pareja de protagonistas había acordado que cuando durante una discusión alguno de los dos pronunciara el nombre «Juan Pérez» se entraría en un período de cinco minutos de «enfriamiento» de la discusión a fin de cortar de esa manera la escalada de irritación que se pone en marcha cuando uno refuta cada vez con más vehemencia los argumentos que va dando el otro. Para esa pareja, el nombre de «Juán Pérez» era el equivalente a la tarjeta amarilla del juego de futbol.

El uso de tarjetas amarillas nos permitiría civilizar muchos intercambios personales o grupales sin tener que pasar por el trance difícil de confrontar al otro. Es difícil decirle a alguien «me siento agredido por la forma en que me estás hablando» o «me resulta muy molesto que te refieras en tono de burla a la idea que he dado». Sería mucho más sencillo sacarle una tarjeta amarilla o de cualquier otra manera simbólica hacerle conocer nuestro malestar.

Para disponer de este recurso bastaría con que se hiciera el pacto en el grupo o con la persona con la cual queremos utilizarlo. He visto grupos donde después de hablar de estas cosas, los participantes, espontáneamente, en los siguientes intercambios van señalando a sus compañeros, un poco en broma, un poco en serio, que tal o cual comportamiento merece una tarjeta amarilla. Parece recomendable que a cada uno de los miembros de un grupo que tuviera reuniones frecuentes se le diera una tarjeta amarilla para que la usara cada vez que se sintiera mal tratado, porque no se le escucha con atención, se le refuta agriamente o se descalifican sus ideas con desatención o cuchufletas.


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